Daniel Giovenco: maestro de la canción, hippie de la tonada y juglar de la vida

Está contento, está orgulloso, está enamorado. La felicidad le brota por los poros y la contagia como si fuera sarampión. No es para menos, Daniel Giovenco dice que “encontró su lugar en el mundo”. No, no estuvo de viaje, en todo caso este es un viaje para adentro. Creó la escuela de trovadores, talleres donde enseña a componer canciones, y los resultados no dejan de asombrarlo por la calidad de las obras que ya hicieron sus alumnos.

Los músicos de San Juan, del país, y los amantes de la música, todos conocen a Giovenco. Ha escrito más canciones de las que puede recordar, pasando por el rock, ritmos latinos, tango y folclore, todo le sale bien. Ahora la vida lo puso al frente del aula, es el maestro en el Taller de Trovadores, y parece que es bueno, hasta lo llaman de otras provincias para que dicte estos cursos.

“Esta gana en el Cosquín! Caminando gana!”, dice mientras pone en su celular una zamba compuesta por unas 15 personas del taller realizado en Sarmiento. La zamba es profunda, con una letra de esas que erizan la piel y transportan a tierras mágicas de otros tiempos.

Confirmado: San Juan tiene una fábrica de trovadores y la llave la tiene Daniel Giovenco.

“Con esto encontré mi lugar en el mundo, algo que es muy difícil de encontrar. Pero cuando es el espíritu el que elige, el laburo ya no es laburo, es otra cosa. Yo les enseño pero lo que yo aprendo es muchísimo más! y el gozo que tengo con estos talleres!”, dice mientras prepara el mate y calienta las tortitas.

En su casa de puertas y ventanas azules sobre calle Almafuerte (en el límite entre Rawson y Rivadavia), con el aroma a pan tostado en el aire, Giovenco cuenta que la génesis de estos talleres fue hace 8 años en Tamberías, “la Suiza que tenemos acá”, donde cada año realizan un festival con el folclore como protagonista.

Habían prometido un taller de percusión pero quien lo iba a dar no pudo asistir, entonces le dijo a su amigo y hermano de composiciones, Rubén González (que vive en EEUU pero casi siempre viene para esa fecha) que diera un taller de composición y González le contestó que lo dieran juntos. Giovenco tiene infinidad de canciones compuestas con González y llevan tantos años creando y cantando juntos que casi no les hace falta hablar para decirse las cosas.

“Me inventé un laburo. Me inventé el laburo de enseñar hacer canciones y fue de casualidad en Tamberías”, dice con una cara que merecería ser el poster del 2019.

El taller es lo que más le importa ahora, el foco está en esto. No quiere hablar de su infancia, cuando empezó a escribir poesía en tercer grado, poemas que después sus compañeros leían en las fiestas escolares. Dice que así se acercó a la música, por la poesía. Después estuvo la mano de su abuelo,  Fernando Leiva, quien le hizo escuchar las primeras tonadas a la sombra del Alero Huarpe, el programa de radio que conducía Jorge Darío Bence.

“Me decía mi abuelo: ‘escuchá la letra: odias a quién te idolatra, premiás a quien te castiga, casi un trabalenguas’. Eso fue hasta que me encontré con Plegaria para un niño dormido (de Luis Alberto Spinetta) y ahí dije: ‘esto es lo que yo quiero, ésta es la música que quiero hacer’. Pero claro, después me costó añares salir de Spinetta porque es tan fuerte… uno trata de emular al Flaco y es imposible. Entonces mis amigos me dijeron que  dejara de escuchar al Flaco porque estaba componiendo igual y tenía que tirar para otro lado. Ahí empecé a ver otras cosas y me llegaron cosas del folklore latinoamericano como Zitarrosa o Jaime Ross. Fui mutando musicalmente, pero escribir creo que escribo siempre lo mismo”.

Bueno, también da la sensación de que los años dejaron de pasar por su figura. Su estampa  inconfundible de pelo rubio larguísimo (casi a la cintura) y lacio y su barba corta, son su marca registrada, un Cristo hippie y gringo, de zapatillas Topper. Entonces, muy serio dice que se corta el pelo todos los meses: “me corto a la papa pero me crece rapidísmo”.

“Este taller está hecho en la medida que a mí me gustan las cosas: comunitarias y gratis para la gente, hoy lo banca el Ministerio de Turismo y Cultura de la Provincia, primero apoyado por  Mariela Limerutti y ahora por Mario Zaguirre”, dice volviendo al tema que lo ocupa completamente.

Explica que a la gente le cuesta entender de qué se trata el talle de Trovadores, porque en un taller de guitarra te enseñan guitarra, pero en un taller de Trovadores o en esta fábrica de Trovadores, ¿qué? “Le enseñamos a la gente hacer la letra y la música de una canción sin saber tocar un instrumento, que es lo que yo he hecho toda mi vida. Yo aprendí el nombre de las notas a los 40 años, pero antes igual cantaba, tocaba y creaba, y otro me escribía las canciones; y eso enseño en el taller. Es hermoso porque está el que sabe algo de guitarra, el que sabe escribir algo, y el que no sabe nada, y entre todos logran composiciones IN-CRE-Í-BLES!”, dice.

Ahora empezó a dictar estos talleres de composición a chicos de 10 a 15 años. “Es la primera vez que estoy laburando con niños chicos y está saliendo un candombe espectacular. Y sabés qué? uno de los chicos me dijo ‘la verdad que yo no sabía que tenía todo esto adentro mío’. De locos. Todo lo que sucede en el taller es bestial”, cuenta y se le llenan los ojos de emoción.

En la puerta del fondo, el poster del Che Guevara lo domina todo.

La canción como lucha

Los niños y los adultos se meten tanto en el taller que cuesta que se vayan. “Es alucinante. Le estás dando una herramienta poderosa, porque la canción tiene un enorme valor social y si no fuera una herramienta útil no hubieran asesinado a Víctor Jara, no hubieran tenido que exiliarse Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui o León Gieco. La canción es una bandera para defender tu historia y esto es importantísimo”, asegura.

Y es el momento en que la filosofía y las ideas políticas saltan a la mesa, junto con algunos personajes memorables que ya no están, como el Chango Illanes.

“Cómo se lo extraña al Chango! En un momento teníamos hasta una agencia clandestina donde yo era el gráfico por supuesto (Giovenco es diseñador y trabajó como tal en el semanario El Viñatero varios años). Nos divertíamos mucho, yo desde los ‘90 estoy afiliado al partido Comunista pero no soy orgánico. El Chango tenía una cuestión muy marxista en el análisis de la situación y cómo avanzar un paso a otra etapa. Siempre le agradecí que nos haya desasnado a nosotros con amor, con cariño, se sentaba con nosotros que no estábamos a la altura de sus conocimientos y nos explicaba. Yo conocí a Heidegger (Martin Heidegger, filósofo alemán), un personaje que si no fuera por el Chango no tenía ni idea de quién estábamos hablando. Él nos decía ‘tienen que leer, tienen que instruirse’”.

En el ‘94 Giovenco estaba más comprometido con el partido y hasta fue candidato a concejal por la Izquierda Unida. Otras épocas.

 “Hay un acorde que lo saqué de un afiche de Led Zepelin, porque ahora tenés todo a mano pero antes no teníamos nada. Nos escondían el diapasón para que no aprendiéramos los acordes, así era la historia, parece loco hoy pero estoy hablando de épocas de un país  terrible. Tuvimos una infancia en la que teníamos que escapar de los milicos por tocar la viola en la calle y como no podíamos tener el pelo largo, yo la nuca la tenía corta pero el jopo me llegaba a la tetilla… pero iba legal”.

Llama su madre al celular, le dice que está en una entrevista, que después la llama.

Giovenco hippie y cantautor

-¿Con qué palabra te definirías?

-Si tengo que definirme con una palabra sería cantautor. Creo que ese es el Daniel Giovenco en serio, el que no se va de San Juan porque el colectivero me saluda loco! porque me vio en la televisión y eso ¿dónde lo conseguís?

Los temas de sus canciones no son una cuestión menor. Y si bien acepta que una canción es válida para escribirle al amor o a la madre, para él la canción tiene principalmente una función social y es  acá donde los talleres cierran el círculo: son gratuitos y comunitarios, aprenden a crear en grupo, a componer con otro y a manejar una herramienta de lucha.

Le escribe al “curao”, “un personaje gracioso hasta que deja de serlo”, y siempre a la lucha social, “desde el primer tema hasta hoy, está la crítica al sistema en el que vivimos. Y cuando me dicen: ‘si le sacás esta parte tenemos un hit’; pero si le saco esa parte ya no soy yo, además de esas ¿sabes cuántas tengo?”.

Con el que más escribió es con González. Son historias del barrio, del amigo, “el último tema que escribimos con González se llama Ángel Manyín, dedicado al compositor mendocino Jorge Marziali que se murió en Cuba tocando la guitarra”, cuenta al tiempo que recita: “Que  disgusto le va a dar cuando se entere que se ha muerto, que se le ha fugado la vida un compás y medio atrás, en el café del purgatorio almas perdidas llegó Guevara y su tropilla celestial”.

Giovenco no sabe cuántas canciones escribió y cuando ves sus letras en hojas sueltas deambulando por el comedor de su casa, se hace creíble. “Hay algunas canciones registradas, más que nada por González que es un paranoico, poné que González es un paranoico. Lo bueno es que nunca nos encerramos en un ritmo. Las canciones tienen derechos reservados esas canciones, no cobro por ellas y el trámite es un engorro espantoso”.

La primera canción se la escribió a González, cuando le dijo que se iba a vivir a EEUU.

Y otra vez los talleres: los dio en todos los departamentos de la provincia, menos en Santa Lucía, cada taller está formado por unas 15 a 20 personas de las edades más diversas, desde los 15 hasta los 70 años. Ahora mira a instituciones como el Hogar de Ancianos y el Instituto Nazario Benavidez.

“La canción Cuyana de Luz salió en un taller y a los 6 días la presentamos en el festival de Santa Bárbara. ¿Dónde se vio eso?”. La importancia de los talleres son las joyas que Giovenco está descubriendo en cada rincón de la provincia. Nunca antes San Juan había tenido una germinadora de talentos como ésta.

Y el amor, que volvió a entrarle hace poco más de año cuando dictaba un taller en Córdoba y conoció a María, a quien ya le escribió la canción “María Marcha”.

Mary le enseñó a bailar la zamba, eso lo ayudó a entenderla desde el baile, “y eso hace que la zamba tenga una gracia especial”.

“María Marcha es la primera canción que hemos compuesto en conjunto con Marianito Zucotti, con quien toco ahora. “María marcha, marcha en la Docta, como estandarte su corazón, en cada paso siembra memoria, entre las sombras, rayos de sol, se vuelve monte, verde marea, pájaro herido se hace canción libre de púas y en ella escriben Plaza de Mayo, madre, dolor”.

La musa.

El hippie de las peñas dice que la tonada “es el blues del rock and roll, sentimiento puro”.

El reloj redondo y metálico de la cocina está parado.

-¿A qué le tiene miedo Giovenco?

 -A  la vejez. El día que cumpla 21 años me  suicido, tengo 19. Cuando te pones un poco tonto y empezar aceptar cosas que la gente veterana de 21 acepta, ahí no sé.

Suelta la frase tan serio que si uno no lo conociera desde hace más de 20 años se pondría a sacar cuentas; y en ese momento te deja la certeza: todos deberían tener un juglar como éste, un Giovenco en su vida.

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