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Corazón de campo y ecos de tango: 103 años de memorias de Don Humberto Ontiveros

Tenía ocho años cuando Marco Zalazar y Josué Furque inauguraban la estatua de la Libertad en la plaza de la Villa Aberastain en 1931. Vio todas las transformaciones ocurridas en los últimos 100 años en Pocito y vive para contarlo. Humberto Ontiveros cumplió 103 años con gran entereza física y extraordinaria memoria.

Nació en Pocito el 28 de julio de 1923, año en el que se estaba construyendo la bodega Graffigna en calle 16 y Aberastain; el Club Atenas apenas tenía un año de vida y se fundaba el Club Pacífico, el 30 de junio de 1923.

Hijo de Tránsito Ontiveros, una jachallera que llegó de niña a Pocito, y un papá zondino, Ramón Sánchez, quienes tuvieron seis hijos, todos fallecidos excepto Humberto, que aún no se explica “cómo es que he vivido tanto”.

Humberto con su hija Margarita que lo arregla para la foto.

“Me acuerdo que era chico y mi madre me dio un plato con orejones, me senté el piso a comerlos y vino el chancho y me comió los orejones”, dijo entre risas don Humberto. Nadie sospecharía que tiene más de 100 años.

También recordó que cuando era niño, de pantalón corto, entre acequias de aguas congeladas por las heladas andaba con su hermano “pillando conejitos del cerco”.

En el barrio El Carrerito lo rodeaban hijas, nietas y vecinas que lo homenajearon con un cuadro y palabras de salutación. La mesa cumpleañera estaba llena de delicias dulces, chocolate caliente y la infaltable torta.

Don Humberto habló con claridad y ni siquiera su rostro delataba su edad, sólo sus ojos en la bruma del tiempo daban cuenta de sus años.

El intendente de Pocito, Fabián Aballay, fue a saludarlo el día de su cumpleaños.

Relató su vida de sacrificio trabajando en el campo, plantando cebolla, siempre con el azadón al hombro y callos en sus manos “de tanto trabajar en las melgas, los tapones, era bueno plantando cebolla”, dijo.

Los vecinos pocitanos no dudan en llamarlo «la historia viviente de la Villa Aberastain».

Su padre le enseñó a tocar la guitarra y a los 14 años ya se defendía muy bien. Acompañado siempre de su hermano Domingo salían a dar serenatas. “Hemos farreado muy mucho, una noche fuimos a darle una serenata a Moreno, eran las tres de la mañana, el salió y nos dijo ‘muchachos, muchas gracias pero no los puedo recibir’, parece que la señora no lo dejaba”, contó y estallaron las carcajadas.

Después de trabajar como obrero rural, Humberto aprendió el oficio de peluquero y se jubiló como tal.

Su música preferida era el tango, “ahora cuando escucho la radio no me gusta porque ponen música moderna, ya no ponen la música de antes. Me acuerdo que cuando se acababa la batería se acababa la radio también”.

Nunca tuvo enfermedades importantes, “salvo algún resfrío, claro. Ahora solo tomo un remedio por la próstata y otro para para la acidez, pero como de todo, aunque las pastas no me gustan, prefiero la carne”.

-¿Cómo diría que ha sido su vida?

– Buena, estoy conforme con todo, siempre ganaba muy poco sueldo por eso yo no he tenido grandes inversiones, pero he llegado a esta edad será que Dios me ha dado esta esta virtud.

“Yo digo una cosa, el trabajador de campo va a ser siempre trabajador de campo, no va a arribar nunca. Y sin embargo, gracias a lo que hace el hombre de campo, vive la demás gente. Los señores que están en el gobierno tienen grandes sueldos, dicen que los senadores ganan 11 millones de pesos por mes. Y nosotros escasamente somos unos jubilados con 300.000 pesos. Una injusticia”, reflexionó.

Don Ontiveros tuvo cinco hijos producto de dos matrimonios: Eva, Luis y Margarita, con su primera esposa; Celia y Fabián, con la segunda. Ellos le dieron 23 nietos, 34 bisnietos y 6 tataranietos, pero advirtió que no se acuerda el nombre de todos.

Lo que aconseja para tener una vida longeva como la suya es comer sano y no fumar, también dormir bien.

También hizo mucho por su comunidad de la Villa Aberastain creando el centro de jubilados “Pocito Libertad”; “yo le puse ese nombre”, contó.

Hoy, vive una vejez pacífica, está tranquilo, orgulloso de su tarea y su origen: “Soy un pocitano de ley”.

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