Para el ojo común un árbol caído significa que ahí terminó su ciclo de vida; sin embargo, la mirada particular de dos artesanos locales propone volver a dar vida a esa madera en el suelo que se transforma en una cuchara, en una bandeja, en un pica nueces o en una obra de arte abstracto.
Héctor Abadía y Gabriela Bonnet se autodenominan “Artesanos de madera caída” y tiene todo el sentido de la vida, no sólo aprovechan esa madera sino que nunca matarán un árbol para ganarse la vida. Sus obras llenan el taller en la Villa Ibáñez, Ullum, y también están en el Mercado Artesanal Tradicional Luisa Escudero, en la Ciudad.
Esta relación con la madera nació lentamente y casi sin darse cuenta, hace más de una década, cuando ambos vivían y trabajaban en Buenos Aires. La primera acción fue instintiva, Héctor talló algo parecido a un rostro en un tronco que había quedado de un árbol arrasado por un viento.

Después, viviendo en San Luis, reciclaban pallets y cajones de verdura para hacer muebles rústicos y agendas. Pero Héctor siempre tenía a su San Juan en la cabeza y tanto le contaba a su compañera de sus valles y montañas que Gabriela le dijo: “Vamos a San Juan”. Hace 10 años se radicaron en Ullum y ahí comenzó el ciclo del diseño artístico con troncos caídos, fundamentado en una filosofía ecológica de no talar árboles para crear sus obras.
“Llegamos a San Juan con la idea de trabajar con troncos y cuando llegamos a Ullum dijimos: esto es, es acá porque está lleno de troncos caídos. La gente los usaba para leña, nosotros le dimos otra utilidad, otra vida”, señaló Gabriela.

Una definición vital para ambos es la de madera de caída. “Sentimos que no es necesario talar un árbol para crear algo; usando un árbol caído le volvemos a dar vida a ese árbol, le ayudamos a crear otra historia. Por eso nos gusta destacar que no talamos el árbol para hacer una pieza, pero tampoco compramos madera en aserradero. Esto cuenta nuestra esencia”, explicó Héctor.
Aprendieron de maderas y de árboles sobre la marcha y hoy pueden diferenciar si es álamo, eucalipto o aguaribay aunque sólo sea un pedazo de tronco.

“Toda la madera es hermosa para trabajar, algunas más fáciles, más duras, más blandas o más bonitas, todas con sus aromas, porque cada madera tiene su olor particular”, dijo ella.
“Trabajar la madera caída es parte de nuestra esencia, nos gusta pensar en que todo lo que uno necesita está al alcance de la mano, y nos gusta vivir de una manera casi autosustentable, si se puede. Tomar esa madera representa un poco lo que nosotros sentimos de la vida, lo que somos”, agregó Héctor.
Los artesanos venden algunas obras por pedido y otras que ellos realizan y venden en ferias.

Lo que es escultura, por ejemplo, generalmente surgen de iniciativa propia, pero a veces algún cliente les pide: ‘Quiero dos esculturas del tal tamaño’. Y lo que siempre tienen en stock son los objetos que son más accesibles que siempre tienen demanda como cucharas, platos, bandejas para picadas, cuencos, percheros, entre otros.
Muchos clientes llegan a ellos a través del Mercado Artesanal, compran ahí algún producto y después les hacen pedidos concretos.
Hay cosas a las que se negaron por mucho tiempo, como las redes sociales o determinadas herramientas que sentían les quitaban lo “artesanal”, pero el río de la vida los terminó acercando a las reglas de la actualidad.

“Estamos en un mundo moderno, no podemos negarnos eternamente. Las cucharas eran todo tallado a mano pero así tardas tres días y con la herramientas sale en cinco horas”.
Ambos son autodidactas del arte en madera caída.
Algunos precios: Cucharas chicas desde $4.500 y grandes $25.000, mieleras $3.500; platos desde $15.000 y tablas grandes a $60.000; rostros desde $50.000 y grandes en $120.000; esculturas desde $150.000, también realizan cartelería en madera.

Un sanjuanino y una porteña
Gabriela nació en Capital Federal, creció en República Dominicana, después estudió Veterinaria en La Plata, anduvo por muchos lugares y volvió a Buenos Aires donde conoció a Héctor que era administrador en un campo que tenía hotel y siembra. Gabriela llegó con un proyecto de equinoterapia y no les cotó trabajar juntos.
Héctor llevaba hí varios años y extrañaba a San Juan, pero decidieron irse a vivir a San Luis donde fue guía turístico y después de dos años llegaron a la provincia para quedarse.

“Cuando llegamos no teníamos materiales ni máquinas, no teníamos nada, fuimos comprando a medida que fuimos trabajando y vendiendo las cosas y ahí empezamos a adquirir máquinas y ya llevamos 10 años acá”, contó Gabriela.
Sí tenían ganas y un saber hacer. Al principio recolectaban palitos que cargaban con las manos, en la mochila y volvían en bicicleta. Entonces se dieron cuenta que querían palos y troncos grandes.
Con un elástico de cama que encontraron en el campo armaron un carrito para traer troncos, el segundo carro lo compraron. “Así fuimos creciendo y aprendiendo. Nos encanta salir a buscar, algo que está tirado que parece inútil para cualquiera, a nosotros nos inspira, por ejemplo, es como que le veo como ya la forma en la madera y ya sabemos que va a salir de ahí”, señaló Gabi.

Héctor agregó que avanzaron a paso lento, pero sin detenerse. “En toda esa cuestión el aprendizaje también de esto. O sea, yo hacía un rostro, alguna cabeza, pero lograrlo bien fue todo un aprendizaje de prueba y error, es plasmar en la madera lo que tenés en la cabeza”.
Un hito importante fue la creación del mate gigante que fue furor en la Expo Rural 2025, realizado por iniciativa de la directora del Mercado Artesanal, Soledad Güell Cassab. Sobre todo porque fue una obra colectiva de cinco artesanos. El imponente mate se hizo con un tronco centenario de álamo americano de 50 kilos y casi un metro de altura. Al que los orfebres sumaron una virola con tallados en alpaca y cobre.

Gabriela se enamoró de San Juan apenas atravesó el camino para llegar a Ullum. “Amo a San Juan. Me quedé impactada de su naturaleza. Hay una energía muy atrapante en San Juan”.
Hace cuatro años nació Felipe, el pequeño ullunero hiperactivo y al que quieren mantener alejado de las pantallas. “Felipe es terrible, muy libre pero bueno, hay que bancarse esa libertad”.
Con su filosofía autosustentable, el profundo vínculo que han desarrollado con el paisaje sanjuanino y su integración en la comunidad local, Héctor y Gabriela apuestan a darle vida a lo que parecía destinado a perecer.
