La leyenda de la india Mariana, el origen de Pocito

Al escritor y periodista sanjuanino Rogelio Díaz Costa, le debemos los sanjuaninos el mejor relato de la leyenda de la india Mariana. Díaz Costa fue una de las plumas más destacadas de la provincia y fue quien bautizó a Ischigualasto como Valle de la Luna por su similitud con la superficie del satélite.

Esta es su historia completa del origen de Pocito.

No era alta, pero tan flaca que lo parecía. En el bronce oxidado de su rostro, los años habían rayado un gesto cínico, que se hacía agresivo al fulgor de sus ojos fosforescentes, cambiantes como las horas del día. Un montón de faldas superpuestas, un turbante polvoriento y descolorido como las hojas de otoño y un rebozo de “jergas” (telas toscas y gruesas) componían su atavío, rematado por unas ojotas blandas y elásticas.

Escultura ubicada en la plaza de Pocito, realizada por Ricardo Bustos.

Su única compañía era un “pila” (perro) desmedrado y temblón, como puede serlo la personificación de la muerte entre los perros.

Nadie podía decir de donde venía ni calcular su edad. Llegaba siempre con las crecientes, cuando el manto de nieve empezaba a deshilacharse en la cordillera y se instalaba bajo un envejecido algarrobo a la vera del camino a Mendoza.

El árbol parecía conocerla. Nadie sería capaz de negar que no lo hubiera plantado ella misma. Con su llegada las vainas crecían y maduraban. Caían cuando se marchaba.

Un día cualquiera, al salir al campo, los puesteros la encontraban sentada en sus alforjas, fumando un cigarro que parecía durarle encendido toda la temporada. Mariana, si fue joven, no debió ser ni medianamente hermosa, excepto sus manos, en ellas radicaba toda su coquetería.

No era agradable de ver ni de tratar. Hablaba una lengua ininteligible que, sin embargo, atraía a los niños. Añejas historias mantenían quieto al diminuto auditorio cuando la rodeaban en la siesta para escucharla.

Los grandes no sabían, ni les preocupaba, lo que Mariana contaba. La india era inofensiva y tan familiar en el paisaje estival como las golondrinas. Alguno, que la oyó en su infancia, recordaba vagamente sus relatos. Historias de animales, de cerros, de tesoros escondidos…, otras épocas… otros seres…

La siesta, amodorrada y ardiente, encendía la imaginación y el ambiente era misterioso y sugestivo como fogón de arriero.

Hablaba lenta y cansada, sin mirar el círculo abigarrado de chiquillos que, cabalgando en su voz, recorrían un mundo de supersticiones siglos idos. Sin detenerse, insinuante, quedadamente, como si gozara con el recuerdo y se embriagara con las palabras, contaba lo que aprendió allá, en su indígena niñez, cuando los hombres entendían el lenguaje de las cosas silvestres.

Conocía a todas las “guaguas” (niños pequeños) por su nombre, más se empeñaba en llamarlos con otros que no entendían, pero les gustaba.

Con los grandes no hablaba nunca. Les vendía sus pepitas de oro y nada más. A las “huainas”, (Jóvenes) en cambio les decía que las piedritas brillantes que enloquecían a los blancos las recogía en un “pocito” de la sierra vecina.

La codicia la siguió a los cerros varias veces… Uno solo regresó ¡Loco! Desvariaba con raros vientos, montañas que se reían, pájaros gigantes que servían a Mariana ¡La reina más hermosa que una virgen! Cavernas encantadas donde brillaba el sol al mismo tiempo que las estrellas, donde los animales vivían como las gentes y no había ni invierno, ni verano. Los árboles eran de piedra, pero crecían a orillas de arroyos que no se secaban nunca.

Allí Mariana hablaba con los animales porque era la reina de las aves y éstos la obedecían y cantaban como coro de iglesia.

Es cosa sabida que un grupo de españoles, a fines del siglo XVI, planeó asaltar a la vieja india Mariana que vendía pepitas de oro bajo un envejecido algarrobo junto al camino del sur.

Una noche guiados por el resplandor del cigarro de la india, dieron el golpe. Pero bajo el árbol sólo encontraron el perro enorme, cuya boca era la brasa del cigarro, el que se irguió a la luz de las antorchas. ¡Huyeron espantados!

Después contaron que, mientras huían, una risita insultante salía del algarrobo. Se dice también que esa noche un violento temblor sacudió la región. Al día siguiente, Mariana ya no estaba. Nadie volvió a verla. Muchos la buscaron y buscaron el “pocito”. Pero no lo encontraron. Sólo quedó el nombre a ese lugar: Pocito.

lustración de Patricio Oliver

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