¿Qué energía domina en la zona de La Laja? Durante muchos años fue lugar de sanación, con las aguas termales más famosas de San Juan; pero por otro lado, guarda historias de dolor y tragedia.
Incluso la leyenda que relata el origen de las aguas termales refiere a un amor no correspondido, dolor y muerte.
Esta trágica historia fue relatada por Alfredo Mola Figueroa en su libro “Albardón, hermoso departamento de la provincia de San Juan”, editado en 1956.
“El niño ha perdido en la montaña, narración verídica” cuenta lo ocurrido en 1924 en los baños de La Laja, hecho que inmediatamente nos recuerda al niño perdido en esa zona pero en 2019.
“Era un día del mes de diciembre del año 1924. La canícula rajaba la tierra, los pedriscos de la montaña parecían arder”, comienza diciendo el autor para adentrar al lector en un paisaje agreste y calor agobiante.
Ese día, María de Fuentes decidió salir de la Ciudad de San Juan para ir los baños de La Laja con du hijo Juan de 7 años.
En un sulky atravesaron “Las Chimbas”, vadearon el río, entraron al centro de Albardón y siguiendo por Las Lomitas y atravesando campos inhóspitos arribaron a las termas famosas
“En ese tiempo no existían las comodidades actuales ni los buenos caminos de hoy en día. Las termas solo ofrecían piletas antihigiénicas, y pobres habitaciones sin muebles. Había que llevarlo todo y resignarse a la estada la mayor parte de las veces de un día”.
Doña María y su hijo llegaron antes de mediodía y se bañaron en una de las piletas cuyas aguas podían curar varias dolencias.
Madre e hijo almorzaron y se refugiaron del calor en una de las piezas disponibles, se acostaron en una manta sobre el piso para la siesta. Pronto la mujer se quedó dormida y fue cuando el niño aprovechó para salir del cuarto y explorar libremente el campo.
“Ascendió a las colinas, corrió por las serranías sin percatarse que se alejaba peligrosamente del punto de partida. El bochorno espantoso parecía quemar los cerros”.
Cuando María despertó de la siesta vio que su hijo no estaba y sin imaginar un final trágico salió a buscar al niño.

Preguntó a la gente que como ella había ido a pasar el día, y cuando no lo encontró en las piletas empezó a gritar su nombre, mientras lejos de allí el niño seguía caminando por los cerros alejándose de los baños “gritando mamita, mamita!!, el eco barbotaba en sus oídos como una maldición”.
Se hizo la noche y la madre sentía el corazón estrujado del miedo. Seguramente el niño en la oscuridad tuvo más miedo, pero estaba tan cansado que se durmió.
“La madre llamaba a grandes voces a su hijito extraviado cuya estampa le parecía ver surgir desde la cima de las lomas vecinas. Al día siguiente se realizó una búsqueda más intensa sin resultado”.
Imaginó el autor del relato que estaba el sol bien alto cuando despertó el chico, “tenía hambre y sed devoradora, caminó y caminó, pero en vez de hacerlo hacia las termas penetraba más en las serranías”.

“De pronto divisó un pequeño algarrobo, se aproximó y vio con sorpresa que ostentaba como una docena de vainas largas, gordas y perfumadas, con ellas sació en parte su hambre y su sed y siguió andando, lacerados los piecitos torturados por el calor”.
Tal vez el rastro seguido por algún experto baquiano hizo conjeturar que el niño instintivamente se había refugiado en un pequeño hueco del cerro. “Estaba agotado, llegó la noche y se durmió después de haber llorado con amargura inmensa”.
Ya habían pasado dos días y la madre no paraba de llorar. “Numerosos vecinos de Las Lomitas se sumaron a la búsqueda. Llegó el tercer día durante el cual desde muy temprano se empezó a trabajar.
El calor era enorme y a mediodía el sol chispeaba en el cerro. Un grupo de aves de rapiña revoloteaban en forma circular sobre un lado del cerro Villicum”.
Ese día, dos albardoneros de apellido Tello y Arroyo fueron los primeros en encontrar el cuerpo sin vida del niño. “Estaba este tendido en una quebrada, quemado por el sol y en una mano, un montón de pedriscos, y fiera crispación. El niño había muerto de hambre, sed y calor. Pobre Juanito”.
El caso con final feliz

En marzo de 2019, fuerzas policiales especiales, baqueanos y autoconvocados, buscaron a un niño de cinco años perdido en la zona de La Laja, Albardón.
Benjamín Sánchez desapareció, ante la mirada atónita de su madre, el domingo cerca de las 16. Pasó la noche solo en una zona desértica sin comida, sin agua y sin ropa de abrigo.
Luego de 24 horas de búsqueda, lo encontraron vivo bajo un arbusto, más allá del radio de 12 kilómetros establecido para la búsqueda.
El nene le dijo a su familia que lo había acompañado “el viejo de la bolsa… no es tan malo”.


