Un joven aborigen de unos 20 años fue hallado en 1964 a casi 6.000 metros de altura, enterrado en la cordillera sanjuanina y en perfecto estado de conservación. De él se dijeron muchas cosas que, hoy se sabe, no eran ciertas.
De la momia más famosa de San Juan, la momia del cerro El Toro, se dijo que fue asesinada de un golpe en la cabeza, que fue ahorcada, que no era un sacrificio y hasta que era huarpe.
Después de 60 años la ciencia ha determinado que ninguna de esas afirmaciones eran verdad.
Claudia Mallea, directora del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo Mariano Gambier, donde se conserva la momia, explicó ese cuerpo momificado pertenece al periodo de dominio incaico.
“Se trata de un joven de 19 o 20 años del pueblo, no de la nobleza, y esto se sabe a través de la vestimenta que era un distintivo cultural y poblacional. Los nobles usaban lana de vicuña y la gente del pueblo usaba lana de guanaco, y por el ajuar que lo acompañaba se sabe que era un hombre común”, dijo Mallea a Destino San Juan.
Durante un tiempo, se descartó que fuera parte de un ritual de sacrificio porque se elegían niños o adolescentes a los que se los preparaba con anticipación con dieta especial y vestimenta.
Para el sacrificio se lo llevaba en procesión al cerro con sustancias alucinógenas, se dormía y la hipotermia hacía el resto. “No eran sacrificios violentos como en otras culturas”.

Luego de analizarlo durante años y ver el periodo de dominación inca “se concluyó que se trata de un sacrificio incaico que sale de la usanza habitual, es algo que aún no podemos explicar, posiblemente ocurrió algo y consideraron que había que ofrecer un sacrificio a sus dioses y tomaron a este joven que era lo más cercano en edad”, explicó la directora.
También se habló se señales de violencia en el cuerpo, pero eso se descartó y hoy afirman que no fue víctima de violencia. No hay señales en el cuerpo que así lo indiquen.
Viejas creencias
Hasta la década de 1990 se siguieron repitiendo algunos conceptos erróneos respecto a la momia del cerro El Toro, así lo demuestra una crónica de Fernando Mó incluida en su libro “Cosas de San Juan”, tomo IV, publicado en 1990.
“El hallazgo arqueológico se produjo a más de 5.850 metros de altura, en posición fetal, con su cabeza mirando al oeste, lugar de donde venían, para los indios, todas las bienaventuranzas eternas.
Se trataba del cadáver de un joven de 15 a 20 años, vestido solo con un taparrabo y una camiseta indígena americana, una manta de abrigo junto a ojotas de doble suela y un capacete o gorro. También se encontraron otros pequeños utensilios”, relataba Mó.
También mencionaba la existencia del roedor momificado.
Luego señalaba que el joven objeto del sacrificio “con seguridad llegó vivo al lugar del enterratorio, donde murió de un fuerte golpe aplicado en la cabeza, lo demuestran las manchas de sangre encontradas en el cuerpo y en la ropa”,

Mó citó un informe publicado por la profesora María Delia Millar de Palavecino quien destacaba que la manta, la prenda de abrigo llevada sobre la espalda, caía hacia delante para ser recogida por las manos.
“La media o calcetín tejido para llenar su finalidad, es la primera representación que conozco entre los muchos centenares de piezas que he examinado hasta ahora”, decía Millar.
Para ella se trataba del quinto yacimiento de altura que le tocaba estudiar. Esta investigadora creía que estos yacimientos corresponden a entierro de sacrificios y ofrendas, y también que pertenecían al periodo de la civilización que el imperio inca expandió sobre este territorio.
“Se trata de un sacrificio de ofrenda similar al del cerro El Plomo ubicado en Chile”.
Que dijo la ciencia
En el año 2006, la investigadora y exdirectora del Instituto, Teresa Michieli, realizó nuevos estudios tanatológicos sobre el cuerpo de la momia del Cerro El Toro junto a otros especialistas.
Se definió que todas las circunstancias vinculadas con su localización y los elementos que lo acompañaban certifican indudablemente la pertenencia incaica.
El Dr. Mauricio Moraga (del Laboratorio de Genética de Poblaciones y Evolución Humana, Instituto de Ciencias Biomédicas, Facultad de Medicina, Universidad de Chile) realizó el “Análisis de DNA mitocondrial y nuclear al cuerpo del Cerro El Toro”.
Este trabajo se enmarca en la investigación de marcadores mitocondriales y nucleares en cuerpos del período incaico sacrificados en las altas cumbres de la Cordillera de Los Andes. Estos marcadores entregan información respecto a las vinculaciones genéticas de los individuos y podrían dar luces respecto a la relación de los individuos inhumados en las altas cumbres con las poblaciones locales (vecinas al cerro elegido para la inhumación) o con el centro del imperio.
El informe de Michieli señaló que los estudios tanatológicos están a cargo de la Dra. María del Carmen Almada (Médico Legista y Tanatóloga de Instituto de Ciencias Forenses, Argentina). Dicha profesional fue convocada en junio de 2006 a fin de realizar observaciones y análisis sobre el estado de conservación del cuerpo.

Agregó que en un primer informe preliminar, la Dra. Almada recomendó el cambio de la heladera que conservaba y exhibía el cuerpo. En forma complementaria se aprovecharon los mismos para obtener más datos acerca de este particular bien arqueológico patrimonial, especialmente aquellos referidos a la causa de la muerte.
“Los primeros resultados advierten que no se pueden inferir lesiones de tipo escoriativas, contusas, cortantes, contusas-cortantes, perforantes, esfacelo, ni cambios de color que puedan indicar esquimosis o hematomas, por lo que se descarta en primer lugar cualquier hecho de violencia ejercido en el momento inmediatamente anterior a la muerte”.
La especialista forense aclaró que la marca de una cinta en un sector del costado derecho del cuello, que hizo suponer una muerte por estrangulamiento, es postmorten. “Por estas razones se descarta que ese haya sido el motivo de la muerte, tal como ha sido profusamente afirmado por investigadores y legos”.
El rescate
En el verano de 1964, el presidente del Club Andino Mercedario, Erico Groch, organizó la primera expedición al Cerro El Toro. Groch armó un grupo con Crispín Godoy, Serg Job, y Antonio Beorchia Nigris, pero a la cima sólo llagaron Groch y Beorchia.
“Era una zona nunca explorada, subimos a la quinta loma y vimos un murito, y Erico dijo: ‘yo sabía que acá había algo’. Cuando llegamos vimos una plataforma ceremonial de 7 x 12 pasos, al lado, al noroeste, había un círculo de 9 piedras y en el medio una cosa blanca”, relató Beorchia a Tiempo de San Juan, en noviembre de 2012.
“Al principio creí que era un huevo de avestruz, pero era muy grande. Intenté levantarlo y no pude. Empecé a cavar y me tiré de panza cuando vi una cara que me miraba. ¡Fue como si me hubiese dado la corriente, por Dios! Esas cosas no se olvidan. Tenía los ojos entrecerrados y estaba muy bien conservado”, recordó el andinista, escritor y aventurero.
Lograron sacar a la momia que estaba congelada en posición fetal, y envuelta en una manta, con un ratoncito de montaña con la cabeza despegada. Dejaron la momia nuevamente en la fosa, la taparon y bajaron.
“Consideramos que no correspondía bajarla, siendo nosotros neófitos en esos temas. Le conté a Rogelio Díaz Costa y se agarraba la cabeza, él se había especializado en el tema y tenía muy buena pluma”, dijo.
En febrero de 1964, Juan Schobinger, Roy Kirby (fotógrafo), Rogelio Diaz Costa (periodista), Bernardo Razquín (famoso climatólogo) y Antonio Lago formaron parte del grupo de rescate de la momia para Diario de Cuyo.
“Creo que hizo bien el diario en bajarla, porque ya se sabía que existía y podía sacarla cualquiera. Don Francisco Montes era un hombre ejecutivo y les dijo ‘vayan’”, contó.
Este rescate fue contado paso a paso y fue un hito en la historia de Diario de Cuyo.
El cuerpo, en posición fetal, mide aproximadamente 1.65 m, su dentadura, piel y musculatura están en buen estado. Sus ojos y pómulos salientes son propios del pueblo inca, según la página Pueblos Originarios.

Los cuidados
La momia del cerro El Toro y otras ocho momias de distintas culturas locales, fueron expuestas en el Museo Gambier hasta agosto de 2017. Desde entonces, por orden del Consejo Superior de la Universidad Nacional de San Juan, no se exponen al público, esto en respuesta al pedido de una comunidad huarpe local. Pero todas ellas sigue en guarda y conservación en el área del Instituto.
Como fue encontrada en una cumbre con frío extremo (gracias a lo cual logró su gran conservación), la momia del cerro El Toro se guarda en una heladera vidriada con estrictos controles.
En un cuaderno especial se anotan los tres controles diario de temperatura interior, exterior y humedad, es que aunque nadie la puede ver, su conservación es un objetivo prioritario.
“Somos los que nos preocupamos por controlar tres veces al día la temperatura, estamos pendientes y seguimos velando por su cuidado y resguardo en buenas condiciones con servicio técnico permanente”, contó Mallea.
El Complejo La Superiora, donde se encuentra el museo, cuenta con grupo electrógeno propio lo que asegura que no le falte el frío.
La directora contó que “quienes se consideran pueblos originarios solicitan la restitución, pero la provincia no está adherida a la ley nacional de restitución de cuerpos”.
La Ley Nacional 25.517, establece que los cuerpos y los restos mortales de aborígenes que formen parte de museos y/o colecciones públicas o privadas, deberán ser puestos a disposición de los pueblos indígenas y/o comunidades de pertenencia que los reclamen.
“Se trata del patrimonio de la Provincia. El Instituto acata lo que la Secretaría de Cultura decide, mientras tanto, seguimos conservando, estudiando, analizando, sin tocar los cuerpos”, aseguró Mallea.


