Su casa, ubicada en Jujuy y Laprida, estaba atiborrada de objetos de épocas prehispánicas y posteriores a la fundación también. Sus hijos se acostumbraron a vivir en una casa-museo.
Agustín Victorio Gnecco tenía una pasión que todos conocen: la historia, la antropología y el rescate de objetos. Lo que pocos saben es que su padre murió cuando él era un niño y tuvo que trabajar para ayudar a su madre a sostener a sus hermanos.
Había nacido el 5 de octubre de 1857 en San José de Flores, Buenos Aires. Sus padres eran Salvador Gnecco y Catalina Solari, ambos de origen genovés.
Salvador era capitán de marina mercante, tenía su propio bergantín y se dedicaba a llevar y traer mercaderías de oriente navegando el mediterráneo. Esta ocupación fue la que lo trajo a América, pero luego de un naufragio perdió su barco y se quedó en Brasil. Desde allí pasó a Entre Ríos, Argentina, donde se instaló.
María Julia Gnecco, nieta de Agustín e historiadora, contó que Salvador estudió en el país y se recibió de bioquímico e idóneo en farmacia, puso una botica. Fue a Génova (Italia) y volvió casado con una genovesa que murió en Argentina; Salvador se volvió a casar con Catalina.

La familia se instaló en Buenos Aires donde nacieron los hijos: Pedro, Agustín, Rita y Salvador. Cuando Agustín tenía siete años, falleció su padre.
“Fue un hito en su vida quedarse huérfano junto a tres hermanos del segundo matrimonio porque tuvo que trabajar para ayudar a su madre. Con 12 años Agustín se fue al puerto, seguramente motivado por la actividad de su padre, allí encontró una moneda inglesa de cinco chelines, y se la metió en la boca para que no se la quitaran. Pero no la guardó para hacer plata, sino interesado en el objeto. Esa fue la primera pieza de su colección, desde entonces siguió juntando monedas y objetos”, contó su nieta.
María Julia, alentada por una profesora y colega, empezó a reconstruir la vida de Agustín para su doctorado. “Hay cosas que no se conocen, como sucede en todas las familias, pero sabemos que tuvo ideas de avanzada y merece ser estudiado y conocido”.

Vida en San Juan
En Buenos Aires hizo muchas cosas para ganarse la vida. Cuando tenía 29 años y trabajaba en la confitería ‘Los Dos Chinos’ en Buenos Aires, por su experiencia lo convocaron para ser encargado de una confitería propiedad de la familia Storni, que estaba frente a la plaza, en la Ciudad de San Juan.
Estuvo unos años y decidió quedarse en San Juan, fue en esa época cuando se metió de lleno en la búsqueda de objetos, incluso había armado una red de informantes que le decían dónde podía encontrar o bien quién vendía algo de interés.
Eran otras épocas en las que no se hablaba de patrimonio y tampoco existían las leyes de protección de estos objetos, de hecho, nadie se interesaba en ellos salvo un par de investigadores y Gnecco.

Agustín no era hombre de fortuna, tenía que trabajar y le fue bien. Cuando los Storni decidieron vender el negocio, Gnecco se quedó con la concesión de la confitería y del teatro que se ubicaba al lado. Y cuando el negocio empezó a decaer, abrió un almacén de ramos generales. Con las ganancias y ahorros fue comprando tierras en varios departamentos y terminó dedicándose al agro en Alto de Sierra, Angaco, Calingasta, sin abandonar nunca su gran pasión, su colección de objetos.
“No era fácil porque él compraba muchos objetos que para fines de 1800 y primeras décadas del 1900 empezaban a tener valor, y muchos se despertaban a la arqueología con grandes hallazgos. Él había llegado a la provincia con el ferrocarril y percibió que se venía un cambio en San Juan”, dijo María Julia.

Para su nieta, el proceso de formación del museo fue durante toda su vida, pero no sólo juntaba objetos, era un estudioso de ese objeto, de los documentos y de cada época.
En 1893 imprimió una revista con datos sobre la primera estatua de Sarmiento con documentos, pensamientos de otras celebridades, por entonces empezó a mostrar documentación y a hablar de su Museo Histórico porque ya tenía una gran colección.
En el año 1904, Gnecco se casó con Paulina Furno, italiana, viuda de José Brusotti. Con Gnecco tuvieron cuatro hijos: la primera hija falleció al año de vida y le siguieron Anavadro, Vitálico y Huarpeliano, todos nombres inventados por Gnecco, por ejemplo Huarpeliano es la conjunción de huarpe e italiano. “Nadie los llamaba por su nombre”, contó María Julia.

Lo social y cultural
En 1906, Gnecco presidió la comisión que levantó el monolito dedicado a los Guerreros de Paraguay, ubicado en el cementerio de la Capital de San Juan, y fue el responsable de una publicación especial en su inauguración.
Gnecco realizó aportes en la inauguración de la estatua de Laprida y en sus últimos años, ya anciano, seguía estudiando. “Era incansable”.
Todo le interesaba, los pueblos originarios pero también la vida cotidiana colonial, quería contar la historia y contarla bien. Quería mostrar lo regional pero sin descuidar la idea de construcción de Nación.
También tuvo una participación cultural y social intensa siendo parte activa de muchas asociaciones. Como hijo de italianos amaba esas raíces pero estaba consustanciado con su tierra y su rol de hacedor de cultura, de los valores patrios y de la difusión de estos valores.
“Gnecco fue de una generación de hombres extraordinarios que no tenían educación sistemática, pero eran grandes creadores, autodidactas, leían mucho y hacían cosas que nadie hizo antes. Gnecco desplegó su interés por la historia, con el compromiso con su tierra y el tiempo en el que tocó vivir”, destacó María Julia.
Además, como hombre sensible por las necesidades del hombre común, Gnecco abrazó la causa cantonista. “Él se hizo radical con Cantoni y fue candidato a senador provincial en Valle Fértil donde pierde esas elecciones y fue su única participación como candidato en política”.
Esta cercanía con Federico Cantoni lo ayudó a llevarle su inquietud: traspasar su colección a la Provincia y su único requisito era que el museo tenga un edificio propio. Se hicieron gestiones para oficializar el Museo Histórico Provincial porque Gnecco tenía miedo que se perdiera su legado después de su muerte. Pero los trámites nunca prosperaron.
“Cantoni le dijo: ‘Gnecco el museo esta mejor en sus manos, estos no son tiempos’, pero nunca llegaron los tiempos propicios”, señaló su nieta.
El Museo Histórico Provincial Gnecco hoy ocupa un edificio alquilado por la Provincia en calle Mitre 864, Capital.
La Asociación de Amigos del Museo Gnecco nació como iniciativa de María Julia que ahora busca reflotarla, comenzando por la regularización administrativa, para conseguir fondos para el museo. “Es necesario que tanto el Estado como los privados se den cuenta que necesitan poner en marcha proyectos grandes como este y tenemos que ponerlo en el tapete como la empresa patriótica que es”.
Gnecco falleció en San Juan el 28 de mayo de 1940. Su peregrinar aún no termina, el museo no tiene edificio propio, aunque existe un viejo proyecto. Ojalá algún día sus descendientes y el resto de los sanjuaninos puedan ver su sueño cumplido.
