Cora Esquivel de Toro, guardiana de la cultura de Calingasta

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En un metro cincuenta está guardada la historia de Calingasta y viene caminando con fotos viejas en las manos, porque ella siempre tiene algo para dar, para transmitir. Cora Esquivel de Toro tiene 89 años y conoce mejor que nadie la historia de su Calingasta natal. 

En el amplio salón del restaurante “La Morocha”, que construyó junto a su marido Pancho Toro (fallecido), frente a la plaza de Villa Calingasta, el sol entra con fuerza en la tarde de diciembre. Allí sentada, Cora cuenta que creó el Centro Regional, Cultural e Histórico hace 70 años.

Francisca Domínguez Trigo, su esposo José Ernesto Torres Laciar y su hija mayor Florinda Torres, abuela de Cora.

“Desde chica me interesé por esta historia viendo a mi tía abuela que era maestra, tenían vocación de servicio. Esa tía se llamaba Elvira Torres, hija de José Torres Laciar, nacido en Desamparados, hijo de padres españoles.

Él se casó con una calingastina, Francisca Domínguez Trigo, y compraron esa tierra que me tocó heredar, es el predio al pie del cerro El Calvario”, cuenta Cora con una voz tan delicada que parece hecha de nubes.

Todos en la villa la conocen y ella conoce a todos. Tiene mil historias para contar por eso el tiempo con ella se detiene. Dice que nació en la casa de sus abuelos y que hizo la secundaria en el Colegio El Tránsito de Nuestra Señora, en la capital sanjuanina.

“La gran obra del Cristo de la Misericordia ayudó mucho al pueblo, lo hizo resurgir”.

“En el colegio cantaba en la misa en latín, pero ya casi no me acuerdo”, comenta.

Se perfeccionó en alta costura, tenía su propio taller en Calingasta, organizó desfiles de moda y trabajó en las primeras fiestas del sol, un talento que también heredó de las mujeres de su familia que en la década del ’40 diseñaban la ropa para la tienda La Favorita de San Juan.

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De la colección de imágenes de Cora Esquivel.

En la política y en la vida

Cora también fue docente y profesora en la Escuela Técnica de Capacitación Laboral José González, enseñó manualidades, costura, historia y cultura popular.

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Cora, en sus épocas de docente.

Hizo cursos de arqueología con Mariano Gambier que le sirvieron para dar fundamento científico a los saberes que ya tenía, porque siempre vivió rodeada de yacimientos y momias de los pueblos que habitaron ese valle.

“Poblete Lazo era mi abuelo, él tenía un molino de trigo que funcionaba con agua y aún está la piedra de ese molino”.

“Seguramente tengo ancestros nativos porque se mezclaron con los españoles por eso somos un crisol de razas. Los españoles entraron a Calingasta por el paso La Totora, pero antes habían llegado los Incas, adoradores del sol pero diferentes al huarpe que era manso”, relata Cora.

En su rinconcito dedicado el Centro Cultural, en el mismo salón comedor de La Morocha, tiene colgados los reconocimientos recibidos en los últimos años de la Municipalidad de Calingasta, del Partido Bloquista, de la comunidad.

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Su rinconcito cultural.

También algunas artesanías, los finos chales que ella misma confecciona y enseña a realizar, bordados, pinturas y fotos de su amada Calingasta.

Pancho Toro, su esposo, fue un gran dirigente cantonista, “porque los hermanos Cantoni hicieron mucho por Calingasta y por Iglesia”, explica Cora.

“Mi bisabuelo participó en la guerra de zapa de José de San Martín”.

Federico Cantoni fue quien llevó el primer médico a Calingasta, Tomás Rojas, un boliviano que llegó en 1923. Además, hizo construir el camino que unió el departamento con la capital de San Juan.

Pero Cora fue durante muchos años pilar de la unidad básica del Justicialismo en Calingasta, aunque dejó de actuar en esa rama política cuando era muy joven.

Las fotos con su esposo ocupan un lugar especial.

Todo por Calingasta

Pancho fue comerciante y chacarero, “en tiempos en los que se comerciaba con carros y caballos”. Mientras tanto se agrandaba la familia; hoy la acompañan sus hijos Omar, Angélica y Elena.

Algunos turistas tuvieron a Cora como guía de lujo y en grupos de turismo social los llevaba por el circuito histórico y cultural y les compartía todo su bagaje.

Hoy, sigue manteniendo el Centro Cultural donde dicta cursos y aunque ella no pidió nada, su hija Elena advirtió que necesitan varias herramientas para esos talleres cuyas inscripciones están abiertas.

“Yo sigo trabajando sin pedir nada a nadie, ahora están abiertas las inscripciones para telar porque todo lo que aprendí, lo repartí gratuitamente, yo doy lo que tengo porque todo esto no lo puedo dejar perder”, asegura.

La lista de temas de Cora es infinita gracias a su memoria prodigiosa; relató la actuación de su bisabuelo en la guerra de zapa, las momias encontradas, la cultura huarpe, los colonizadores, el nuevo Cristo de la Misericordia, la iglesia La Capilla que ahora rebautizaron iglesia de Catalve, y aunque evita polemizar, señala que “no sé de dónde salió ese nombre”.

Ella dedica su tiempo al visitante sin retaceos, sin apuro, y cierra la charla con una frase que la define como ser humano extraordinario: “Los valores, la cultura, se están perdiendo, pero no me rindo, no bajo los brazos, sigo dando mis conocimientos”.

Doña Cora sentada junto a su hija Angélica y parados, su nieto mayor, Francisco, su hija Elena, su sobrino Saúl y su hijo Omar.