Saberes ancestrales: María, hija del pueblo huarpe

María zalazar

María Zalazar es la jefa de la Comunidad Huarpe Cacique Colchagual. Nació en Colonia Fiscal, departamento Sarmiento. María, hija del pueblo huarpe, vivió su infancia en una casa cerca de Ruta 40, unos 10 kilómetros antes de Media Agua, donde nacieron sus 13 hermanos: 7 mujeres y 6 varones.

Su padre, Rafael Zalazar, también nació en la zona, y su madre, Simona Videla, en Lavalle, zona de Lagunas de Guanacache, Mendoza. María era la más chica de las hijas mujeres.

“Mis padres eran huarpes netos. Yo trato de que la gente entienda que no somos ‘descendientes’, somos huarpes, integrantes del Pueblo Nación Huarpe ancestral, anterior a la República Argentina.  Mucha gente viene a preguntar por esto”, dijo.

María remarcó que el pueblo huarpe nunca se extinguió, pero por muchos años tuvieron que esconderse y callar para sobrevivir. “Muchos quieren invisibilizarnos pero seguimos aquí, y si Dios quiere vamos a seguir porque las generaciones que vienen se están preparando mejor. Antes había que quedarse callado por la persecución grande que hizo Sarmiento, la gente quedó atemorizada”.

Sin embargo, María se apuró en advertir que de nada vale guardar rencor por lo que pasó y que sólo sirve seguir adelante orientando a los hijos y nietos en su cultura, trabajo, historia y vivencias.

Costumbres huarpes

Poco recuerda María de sus abuelos ya eran muy ancianos cuando ella era niña. Pero su abuela  materna contaba cómo fue la época de las persecuciones a los nativos, no podían trabajar y no los dejaban prosperar. “Si veían que tenían un sembrado, les pasaban la máquina por encima, no había posibilidad de adelanto y eso sigue pasando, no tenemos un pedazo de tierra para cultivar.

Pero ellos nunca nos contaron cosas con rencor o rabia”.

El papá y la mamá de María no fueron a la escuela, aprendieron de la vida y de sus mayores, de lo transmitido por la palabra porque “no teníamos libros, solo aprendíamos lo escuchado y lo vivido. De ellos aprendimos a ser solidarios entre nosotros, a dar sin esperar recibir, y el valor del trabajo desde chicos, porque siempre trabajamos ayudando a nuestros padres”.

patay
Patay, alimento huarpe.

Lenguaje del pueblo huarpe

Sobre el lenguaje que hablaba el pueblo huarpe, María aseguró que “no nos cortaron la lengua pero si nos cortaron la palabra. Hay palabras que quedan y las usamos como Colchagual que es ‘hombre que cuida el agua’, pero cólchagual (con acento) es la nutria.

Pienso que a nuestro ancestro, el cacique, le pusieron ese nombre natural porque el agua es lo más preciado que se tiene. Si no hay agua no hay vida y eso también nos enseñaron nuestros abuelos”, dijo María.

La relación con la naturaleza

La zona donde vivía la familia de María era una pampa blanca inmensa y a unos tres kilómetros  pasaba el canal Centenario que solo traía agua cada dos meses. Su padre hizo una represa para juntar agua y tener para los caballos y cabritos.

Cuidar el agua, los árboles, la vegetación, era parte de su cultura. “Todo fue puesto para bien  nuestro nos decía mi papá”.

María y sus hermanos se criaron nutriéndose de los frutos de los árboles y de la tierra como el algarrobo, chañar, ‘pinchagua’, las ‘cháguaras’ que son como papas; el patay y la miel silvestre. “Así nos hemos criado y no habían enfermedades y estábamos bien alimentados. Todo eso es parte de nuestra cultura y todo eso lo fui anotando para que quede a mis descendientes. Y también cómo trabajar esos frutos para que duren en el año y no consumir todo junto”.

De chica también aprendió a cuidar los animales, a señarlos, y hacer lo posible para que un animal ‘chuyeco’ (medio tonto) se acomodara, “porque el animal es un ser como uno y eso es amar y cuidar la naturaleza”.

Los partos de Simona, la mamá de María, fueron en su casa y los días de nacimientos había una o dos mujeres que estaban preparadas para esa tarea.

“Me acuerdo cuando nació un sobrino mío en la casa de mi mamá había una olla grande y hervían los trapos y la tijera se caldeaba para cortar el cordón. Después se hacía un hueco en la tierra para la placenta. Eso yo no lo hice porque mis hijos nacieron en el hospital”.

A las mujeres después de parir les daban un té de totora para que eliminaran todo lo que debía salir del cuerpo. Y al niño le daban te de ‘cerraja’, “así largaba todo y quedaba sanito”.

cerraja
Cerraja

“De chica tuve sarampión y no me llevaron al médico. Estuve en cama y mi mamá me daba té de manzanilla y así salían las toxinas a través de la transpiración. Ahora aprendí que se llama toxina lo malo de la enfermedad”.

Otros remedios naturales aprendidos en su infancia eran: té de rodaja limón, dos hojas de eucalipto y tilo con azúcar tostada es excelente para enfermedades respiratorias o gripe. Se toma en la noche y se tiran las toxinas.

El arrope de chañar o de algarroba es descongestivo y lo tomaban siempre.

Los derivados del algarrobo y el chañar sirven para la gente que tiene leucemia, aseguró María. “No tenemos laboratorio pero sabemos porque lo hemos vivido, tienen las propiedades para combatir la anemia y la leucemia”.

La jarilla también se usa para el resfrío y la gripe, se usa la entrecáscara de jarilla (el palito de la jarilla se pela, se saca la cascarita de arriba y cuando queda blanco se saca esa parte interior y esos rulitos son la entrecáscara). Para que el pan salga más rico se hornea con jarilla.

En las Lagunas de Guanacache, donde ella aún tiene familia, los pozos de agua se cuidan como tesoros porque de ellos viven personas y animales. Allí también subsiste el pueblo huarpe.

La familia y el trabajo

María conoció a su marido en un cumpleaños de 15. “Antes salíamos en grupo, nunca solas y  veces mi mamá nos acompañaba. Nada que ver como es ahora, eran tiempos más sanos”. Su marido también es de la comunidad, su abuelo paterno era un mapuche chileno que cruzó la cordillera en busca de una vida mejor.

Tuvieron 6 hijos, 4 varones y 2 mujeres que le dieron 16 nietos.

María y su esposo.
María y su esposo.

Asumió como jefa de la Comunidad Huarpe Cacique Colchagual en 2008, antes participaba en otra comunidad pero no se sentía a gusto. “No me sentía tratada con dignidad y la gente me propuso formar esta comunidad que tenemos ahora. Actualmente tengo 95 familias de Cochagual y hermanos de Media Agua, Cañada Honda y Pocito”.

En esa comunidad hay unos 100 jóvenes de 18 a 30 años y 120 niños de 6 a 14, otros 220 de 0 a 6. En total suman más de 500 personas.

“Nos preocupa que para la cosecha vienen los controles para que los niños no trabajen, pero es el tiempo en el que la familia trabaja toda junta y se llevan los niños porque no tienen donde dejarlos.

Desde que tengo noción trabajamos así. Mis padres lo hacían con nosotros y yo lo hice con mis hijos, hemos trabajado todos porque si al niño no se le enseña el trabajo desde chico después es un vago”.

Para la comunidad es la forma de cultivar valores y es parte de su cultura. “Una cosecha en familia es algo natural y el niño hace lo que puede, nadie lo va a cargar con una gamela.

El año pasado a una familia le sacaron y los niños y yo con 12 años acarreaba la gamela y era mujer, todos lo hicimos porque en el campo no queda otra. También sembrábamos con mis hermanos junto a mi padre porque le faltaba un brazo. Mis hermanos hasta fueron a trabajar solo por la comida. Hay que enseñarle al niño a trabajar para ganarse la vida”.

En su casa todos trabajaban y vivían de lo que sembraban y recolectaban.  

Época de rituales ancestrales

“El tiempo de celebrar era lo más lindo. Hacíamos unas fiestas enormes en el rancho bien bonito que había hecho mi papá. Venían los parientes de las Lagunas de Guanacache, de Media Agua y se hacían unos fogones inmensos, se juntaban unas 300 personas solo con la familia.

Eso era en el fin de recolección de los frutos, no se dejaba nada en el campo y en el patio inmenso se ponía todo y se secaba. Éramos muchísimos niños, una fiesta muy hermosa”.

El encanto de los niños al otro día de la fogata era cuando el papá de María sacaba de las cenizas algunas mazorcas que había dejado y ya quemadas comían ese “choclito asado”. “Lo más rico era eso que le decimos la ‘chichoca’, no he vuelto a comer desde esas épocas”.

La fiesta se hacía del 21 al 24 de junio, cuando se celebra el año nuevo en el calendario huarpe, que además coincide con una fiesta cristiana que también celebra este pueblo: el Día de San Juan.

Fiesta huarpe
Fiesta huarpe.

El 24 en la noche se realiza el fogón y la noche antes se dejaba un balde con agua porque baja el espíritu a bendecir el agua, “eso lo he podido comprobar y lo seguimos haciendo”. En ese fogón  se canta, se baila y se come en abundancia.

La otra fiesta grande es en agosto, el Día de la Madre Tierra, cuando se hacen ofrendas en un ritual parecido al norteño de la Pachamama.

Pureza del pueblo huarpe

Los investigadores y antropólogos señalan que no quedan en San Juan huarpes puros y que los autodenominados huarpes se cruzaron con criollos y españoles.

“Eso puede ser así en los lugares más poblados, porque hubo avasallamiento no solo de tierra sino también de personas. Ahí si hubo cruzamiento con criollos y españoles, pero en el campo, acá en la zona, somos venidos de la Ciénaga y de la Lagunas, acá no hay cruzamiento al menos de mi generación para atrás. Aunque en los más jóvenes puede ser”, dijo María.

La jefa sabe que según los historiadores, los españoles se llevaron a todos los huarpes a Chile en 1700, “yo me río de eso. El tema es cómo cuentan la historia, porque ofenden mucho, dicen que ya no existimos pero acá estamos. Yo al principio tenía temor de hablar pero ahora no, defiendo lo que quiero. Y damos gracias al Gran Espíritu que pudimos subsistir”.

hija de María
Una de las hijas de María.

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