Villavicencio: el legado de un eximio guitarrista que aprendió a tocar solo

“¡Ahora más te vale que aprendas a tocar!”, dijo Gabino Villavicencioa su hijo Ernesto, de ocho años. Es que el niño había insistido hasta el hartazgo para que le compren una guitarra y finalmente la tenía.

En la casa se vivía con lo justo, pero Gabino compró una guitarra en cuotas a unos vecinos bolivianos.

El mandato paterno fue una profecía y ese niño se convertiría en uno de los mejores guitarristas que ha dado San Juan: Ernesto “el Negro” Villavicencio; autodidacta, con un don superlativo para la música. Un genio de la guitarra y un poeta exquisito.

Su talento fue tal que llegó a ser músico estable en “El Viejo Almacén”, crema y nata del tango porteño, acompañando a monstruos como el Polaco Goyeneche, Edmundo Riveros, Enrique Dumas, Pichuco Troilo, entre otros.

También fue guitarra de Mercedes Sosa y Ramona Galarza.

Su legado como compositor incluye 450 temas de los cuales 250 son tonadas cuyanas, entre ellas, algunos himnos de la cuyanía como «San Juan por mi sangre», «La del jamón», «Cuando el corazón se quiere quedar», «La tonada jamás morirá» y «Mi amor en una tonada».

Infancia y ascenso

En la casa de su infancia, en la calle Estado de Israel, departamento Rawson, Gabino y su esposa Luisa Camaya, de sangre huarpe, trabajaban todo el día para el sustento de sus cuatro hijos: Héctor, Ernesto, Rosa y Carlos.

Gabino era chofer en la bodega El Globo, y Luisa era la cocinera de los propietarios de la bodega.

Nadie en la familia tocaba un instrumento ni tenía mucho interés por la música.

“Mi padre no podía aprender a tocar con un profesor, así que cuando sonaba por la calle algún parlante con jingles con guitarras, él corría detrás para escuchar bien y después eso mismo lo repetía en su guitarra”, relata Ernesto Villavicencio (hijo).

Pero además de ese oído privilegiado, parece que el niño también tenía memoria fotográfica y solía espiar las juntadas de los adultos cuando había guitarreada, donde los niños no podían participar, para mirar cómo iban las manos en cada acorde.

Con los años Gabino puso una verdulería y carnicería en su casa y allí trabajaban sus hijos Héctor y Carlos, pero para entonces Ernesto ya ganaba buena plata como guitarrista.

“El papi empezó tocando en comparsas y después en una orquesta típica que se llamaba ‘Los alegres cubanitos’. Después se lo peleaban las orquestas, era muy jovencito”.

Villavicencio y Carlos Peralta

Tocando con un famoso como Distéfano, Villavicencio aprendió y creció en su arte.

Cuando tenía apenas 18 años, en 1958, formó “Los Caballeros de la Guitarra” junto a Enrique Barrera; después se sumó Pedro Verón.

En 1968, en el escenario del Festival de Tango de La Falda, Los Caballeros se presentaron sin invitación, allí los escuchó Mariano Mores, quien los contrató para que actuaran en Buenos Aires. Fue la consagración

También ganaron el Festival de Cosquín en 1978, recibiendo el premio Revelación.

Pero componer era otra cosa, algo por lo que Villavicencio sentía mucho respeto, por eso se tomó su tiempo y recién a los 30 años compuso su primer tema: “Mi amor en una tonada”.

Rubén Juárez, Payo Díaz, Villavicencio y su hijo Ernesto.

Familia y sueños

Esa tonada trae muchos recuerdos al hijo. Es que habla del primer beso, de decir con la mirada y de la imposibilidad de separarse de su amada.

Ernesto y Gloria Loyola se conocieron siendo niños porque las hermanas de ambos iban a la misma escuela. Se casaron en 1979 y luego vinieron los hijos, Ernesto y Gloria Fabiana.

Para la más chica, Villavicencio compuso una canción que lleva su nombre y que muy pocos pueden tocar por su gran complejidad. Solo escucharla te deja sin aliento.

“Éramos muy compañeros, siempre iba con él a sus espectáculos, andábamos juntos para todos lados. En los últimos tiempos estaba bastante enfermo y todo le costaba, pero todo el mundo quería saludar, abrazarlo y hasta eso le empezaba a doler en todo el cuerpo”, cuenta Ernesto.

«Milonga para Ernestito» es la canción que Villavicencio compuso para su hijo: «Usted será mi alegría mientras lo tenga a mi lao».

Ernesto relata que cuando su padre era niño tuvo fiebre reumática, cuyas complicaciones incluyen daño cardiaco a largo plazo.

Villavicencio, muy joven y en la radio sanjuanina.

Pero el cigarro también había hecho estragos en sus pulmones y aunque había dejado de fumar por recomendación médica, en los espectáculos todo el mundo fumaba y él era un fumador pasivo.

“Cuando sos ‘el hijo de’ la gente piensa que tenes que ser tan bueno como tu padre y no… somos dos universos distintos. Sí heredé el amor por el folclore, mi padre era un gran compositor un gran guitarrista, era mi ídolo”.

“A veces salíamos a las 7 y eran las 5 de la mañana y yo lo apuraba ‘vamos papi’. Pero si alguien le decía ‘Negro cómo haces ese arreglo…’ él decía ‘pásame la guitarra’, y yo lo miraba como diciendo ¿en serio?,,, y se ponía a explicar. Esa humildad es lo que lo hizo más grande”.

La historia de la guitarra

Esa primera guitarra que le compró Gavino a su hijo Ernesto se había perdido. El Negro se la había prestado a Jorge Rocha, cuyo nombre artístico era Jorge Ocampo, y se la habían robado.

Villavicencio le perdió el rastro a esa guitarra. Pero un día, un taxista le avisó a Ernesto hijo que había hablado con alguien que decía tener la guitarra y le dio indicaciones para llegar.

Así se encontró con don Rocha que había recuperado la guitarra, comprándola, y quería devolverla a su dueño, aunque éste ya había fallecido.

“Ahí me encontré con la guitarra que había comprado el abuelo y fue una emoción bárbara. Era una guitarra con clavijas y se las habían cambiado. La llevé a Cortínez (lutier) y la arregló.

La tuvimos un tiempo en la casa, pero después de consultar con la familia acordamos donarla al museo de la Difunta Correa porque mi viejo era muy devoto de ella y allí la puede disfrutar mucha más gente”, cuenta Ernesto.

‘Dios y la Difuntita me ayude’, era una frase que siempre usaba El Negro.

El legado

Hay un antes y un después de Ernesto Villavicencio en la música cuyana, es lo que dicen todos. ¿Por qué? Porque fue un innovador en ritmos y letras.

“El folclore era un ambiente muy machista y muchos rechazaban las tonadas del papi porque salían de lo clásico, eran más rápidas, más cargadas.

Cuando fue a Uruguay vio el guitarrón de Alfredo Zitarroza, se lo trajo y lo sumó a las guitarras. Eso prevalece en Cuyo hasta hoy, guitarrón y tres guitarras, con eso hizo escuela”, dice Ernestito o el Morocho como le decía su padre.

Además, llevó a la tonada cuyana a una complejidad nunca vista, ya no era solo el canto triste que todos conocían, era mucho más.

Desde Buenos Aires escribió muchas tonadas, cuecas, valses y milongas, que solía mandar a sus amigos en San Juan quienes se encargaban de interpretarlas y difundirlas, como lo hizo el Gordo Páez Oro, el dúo Mínguez-Barboza, Sisterna-Peralta y Viviana Castro.

La Cámara de Diputados sancionó en 1998 la Ley 14-P (antes Ley Nº 6885), fijando el 30 de noviembre como Día de la Tonada Sanjuanina, en homenaje al natalicio de Villavicencio.

Las anécdotas

Cuando Villavicencio tuvo su audición en El Viejo Almacén tenía de auditorio al gran Roberto Grela, guitarrista estrella del local, Edmundo Riveros y el resto de los músicos.

Le pidieron que tocara y el Negro les dijo: “No puedo tocar tango delante de ustedes, pero les voy a tocar una tonada”. Cuando terminó, todos lo aplaudieron con ganas.

Como no sabía leer música, Grela le pasó un casete para que aprendiera los tangos en la guitarra y luego quedaría contratado como músico estable.

Al otro día llegó y le dijo a Grela que ya había sacado todos los tangos. Grela le dijo ‘imposible, no puede ser’. Lo invitó a tocar y el Negro no le erró a una sola nota.

Al poco tiempo Grela, que era la guitarra principal, se accidentó, y fue Villavicencio quien ocupó su lugar hasta que pudo volver a los escenarios.

Villavicencio, Grela y Goyeneche.

“Con la mami competían cuando en la radio sonaba un tema a ver quién era tal cantor o cual era la orquesta y muchas veces ella le ganaba”, recuerda el hijo. ¿O él se dejaba ganar?

La vida nunca era fácil para los artistas que querían triunfar en Buenos Aires. Villavicencio tenía que trabajar de día y de noche para sostener a la familia.

“San Juan por mi sangre” la escribió allá, cuando en las noches trabajaba en El Viejo Almacén y por las mañanas era portero en un edificio.

La primera salida con la orquesta se pagaba mensual, pero la segunda salida se pagaba en efectivo y en el momento, “el papi siempre se quedaba porque necesitaba esa plata, pero terminaba muerto de cansancio”.

Esa noche se tomó el 152 hasta donde vivía, en Barrancas de Belgrano, hacía frio y garuaba. Cuando llegó se dio cuenta que se había olvidado la llave, entonces se sentó ahí, en la puerta del edificio, y empezó a escribir: ‘Caminar por tus calles es todo lo que quiero…’.

El portero del edificio era Octavio Suna, un gran cantante entrerriano, abrió la puerta y le dijo:

– ¿Qué pasó Negrito? ¿qué haces acá?

-Me olvidé la llave y estoy escribiendo una cosita para mi pueblo…

-A ver… que linda está, dale terminala así la grabo.

Como Villavicencio no la terminaba y Octavio le insistía, un día se metió al baño y la terminó.

El conjunto Ernesto Villavicencio.

Herencia

“El papi me dejó mucho, pero la mejor herencia es el respeto. Él siempre me decía ‘la noche es jodida y el respeto es fundamental’. Nos inculcó esos valores que antes eran fuertes”.

Ernesto es músico también y su formación lleva el nombre de su padre. Un homenaje.

“Mi padre era muy querido y muy respetado entre sus colegas no solo por su talento sino por su forma de ser, era un caballero en todo sentido”.

Hay una anécdota que lo pinta a Villavicencio como el hombre que era. La Legislatura de la provincia se comunicó con él para decirle que lo iban a nombrar Ciudadano Ilustre.

Pero el Negro les dijo que no podía recibir esa distinción, ya que antes debían destacar a Remberto Narváez, iglesiano, guitarrista de Buenaventura Luna y un referente importante de Villavicencio.

Le dijeron que si, entonces en 1985 la distinción fue para Narváez y en 1986, para Villavicencio.

El nieto, también llamado Ernesto Villavicencio, continúa con el legado, toca la guitarra y canta.

“Omar, el hijo de mi hermano, tiene 10 años y también toca y canta. Mi hermana Gloria Fabiana, canta muy bien, mucho mejor que yo, pero no le gustan los escenarios”.

La despedida

Los últimos tres temas Villavicencio se los hace al corazón. Lo veía venir.

El Negro murió luego de un paro cardiaco en Buenos Aires, en 1995, tenía 54 años.

“Murió muy joven. En las ultimas tonadas decía:

No me afloje corazón que lo preciso,

justo ahora que me salgo de la vaina

por haber trajinado sacrificios

y aun me quedan por hacer varias tonadas”.

El hijo se emociona, se le arrebatan las lágrimas, se cierra la garganta.

“Nosotros nos iremos yendo, pero la tonada jamás morirá”.

Queda su enorme sombra.

Canción de Hugo Figueroa para Ernesto Villavicencio.