¿Cómo eran las riñas de gallos en San Juan?

gallos

Pocas eran las distracciones en San Juan hace 150 años y aunque hoy nos parece un espectáculo de total crueldad, las riñas de gallos eran el deleite de hombres y mujeres de la época.

El 15 de septiembre de 1864, el gobierno de San Juan suscribió un reglamento de las riñas de gallos en los coliseos públicos que tenía 48 artículos.

En el libro “Historia de San Juan” (1966) de Carmen Peñaloza de Varese y Héctor Arias, publicaron que las riñas de gallos era un “juego que apasionaba a ricos y pobres”.

Rara era la casa, especialmente en las afueras, donde no se tuviera un gallo de pelea esmeradamente cuidado y listo para entrar en riña en cualquier instante. Hubo casas especiales, los reñideros de gallos, que se habían multiplicado y dónde se jugaba fuerte por dinero”, señalaron.

Según el reglamento que aún se conserva en el Archivo Histórico, las riñas debían ser presididas por un juez o un sustituto y debían realizarse en la cancha pública. El juez legalizaba las apuestas, autorizaba los encuentros, fiscalizaba la salida y entrada de los gallos de la rueda, y la concurrencia debía acatar siempre su mandato.

Estaba prohibido matar gallos delante de la concurrencia. El dueño del local y de la rueda debía poner a disposición del juez la balanza, puones, tijeras, y todo cuanto podría necesitarse.

Se estableció el valor de la entrada a la cancha en día de pelea, un real, y la obligación de depositar el valor de la puesta y solo con el consentimiento de ambos contendientes, lo ratifican con una campanilla, “y esta es una escritura irrevocable”.

Antes de la pelea había que revisar los animales para que no llevaran polvos, alfileres o algún uso maligno, pues si así fuera se lo descalificaba de inmediato.

La riña, en primera persona

El sanjuanino Fernando Mó, escribió que pudo presenciar una riña de gallos en la provincia, aunque (por suerte) evitó dar detalles escabrosos del acto en sí y se concentró en lo que rodeaba el negocio. Si Mó lo escribió en 1984, cuando ya estaban prohibidas, quiere decir que seguramente las riñas de gallos siguen realizándose en algún lugar.

“No había asistido nunca a una riña de gallos, me invitaron y acepté. Para mí era una novedad y siempre lo nuevo, más si es prohibido, se reviste de particular atractivo. A las fiestas galleras los aficionados concurren obedeciendo a un cierto ritual que se cumple sin retaceo”, decía Mó en “Cosas de San Juan” Tomo I (1884).

Relataba luego que los sitios donde se realizaban, “los reñideros”, funcionan en zonas apartadas. Los adeptos a las riñas de gallos se reúnen en clubes, tienen estatuto y reglamento y contribuyen para su mantenimiento.

Gallos y galleros, óleo sobre lienzo, de Denis Nuñez Rodríguez.

“El club al que asistí funciona en un galpón de adobes muy rústico, donde se han instalado dos ruedas o vallas. Presencié varias riñas observando el apoyo popular que concita este espectáculo. En los reñideros suele encontrarse el público más heterogéneo, profesionales, agricultores, mozos de café, tenderos, industriales, comerciantes, militares, etc.”.

Los dueños de los gallos llegaban cada uno con su animal bajo el brazo o en valijas apropiadas y  empezaban a cumplir las exigencias reglamentarias como pesar y revisar los gallos.

Luego, el gallero busca un contrincante que debía tener más o menos el mismo peso. El corredor, especie de manager, coloca al gallo los espolones o espuelas, una púa fijada a una abrazadera de cuero la cual se adhería a la pata con cinta plástica dejando libre la púa.

Los indispensables

El autor del artículo relató que el juez de las riñas de gallos era siempre una persona “muy entendida y de reconocida solvencia moral”.

Al comenzar la riña, el juez expresaba con energía: “la pelea se va a iniciar, gallos al ruedo”. El ruedo era el espacio redondo y bien delimitado donde los animales combatían.

“Cuando el gallo canta al pisar el ruedo, caso poco común, se considera una circunstancia de mal agüero y en algunas regiones se suspende la pelea. Al contrario, cuando canta al terminar la riña considerándose vencedor, todos aplauden”.

Una vez que los gallos eran lanzados al ruedo y se enfrentan, el juez expresaba: “hay pelea”. La duración de una riña podía ser de 50 o 60 minutos; a los 20 minutos de iniciada, el juez concedía una pausa de dos o tres minutos para que los corredores atendieran a sus gallos.

La revisión consistía en lavarles la sangre de la cabeza, les revisaban las patas, la parte interna de las alas y se fijaban que el pico no se hubiera ablandado, si el pico estaba en malas condiciones se lo colocaba al gallo un pico de metal.

La riña continuaba y el juez controlaba si los gallos peleaban verdaderamente, si no lo hacían, debía anunciar en voz alta que el gallo tal no atacaba. Entonces el juez empezaba a contar un minuto y si en ese intervalo se producía algún ataque del animal remiso, el conteo quedaba sin efecto. Pero si al cabo de ese minuto no atacaba, perdía la pelea.

A veces el juez gritaba: “Silencio que el gallo está tocado”, y todos escudriñaban la verdad de la aseveración en silencio es absoluto.

El juez no podía dejar de fallar bajo ningún pretexto y si no lo hacía se lo intimaba a hacerlo dentro de 10 minutos. El fallo era oral e inapelable, una vez terminada esa riña comenzaba otra riña “y el espectáculo se sucede hasta la puesta del sol”.

¿Por qué pelean los gallos?

En 1964 se publicó el libro “Conducta social en los animales”, donde se explicaba que los gallos de pelea tienen altamente desarrollado el sentido de la territorialidad y consideran como rivales a todos aquellos que transgredan los límites de su territorio.

Estos gallos pertenecen a un grupo de razas o tipos raciales de pollos domésticos que se caracterizan por tener un comportamiento sumamente agresivo y se crían exclusivamente con el objetivo de enfrentar los machos entre sí.

La ley, finura o casta es la cualidad más apreciada por la mayoría de criadores de gallos de pelea.

Sobre el origen de esta costumbre ancestral se dice que las peleas más antiguas de las que hay registro se dieron en Asia. En China ya se celebraban hace 2.500 años y es posible que 1.000 años antes se hicieran en la India. En la Antigua Roma eran usadas para adquirir valentía.

Posteriormente, esta práctica fue llevada a América por los conquistadores españoles, según publicaron en elperiodicomediterraneo.com.

“Frente una riña de gallos no es fácil discernir si se trata de un juego, un deporte o sencillamente un acto de crueldad, como pueden ser los las corridas de toros o el boxeo”, decía Mó.

Telésfora de Benavides, criadora de gallos finos.

Anécdotas

El mismo autor repitió una anécdota protagonizada por el general Nazario Benavides, el 19 de septiembre de 1858, día en el que fue apresado en el reñidero de Don Juan Luis Bustos, ubicado en la esquina de las actuales calles San Luis y Sarmiento.

Al parecer, Benavides estaba presenciando una de las habituales riñas cuando fue engrillado y llevado al Cabildo donde pocos días después lo mataron, cuando gobernaba la provincia Manuel Gómez Rufino.

Doña Telesfora Borrego, esposa de Benavides, era entusiasta criadora de gallos de riña.

Los gallos se nombraban por su color: cenizo, castellano, huayro, etc, y rara vez recibían otros nombres, salvo que se destacan en sucesivas peleas como fue el caso del gallo “Mi placer” y de “Dominguero”.

Los más importantes reñideros de la provincia estaban en casas de familia que se dedicaban a la crianza de estos gallos, había uno en calle Mendoza entre Mitre y Santa Fe, otro en la casa de juego La Morisca, y se organizaron clubes como: Pico y Espuela, Avícola Rivadavia, Centro Árbol Verde, entre otros.

“La familia gallera sanjuanina alcanza en la actualidad a 700 personas, realizan 1260 reuniones anuales las cuales comienzan el 25 de mayo tradicionalmente, para terminar en la primera quincena de diciembre, pero esto no es óbice para que se lleven a cabo alguna fuera de época para probar animales llamadas caseritas”, dijo Mó en 1984.

Y agregó que “en San Juan el juego gallero ha sido tolerado salvo objeciones que se refieren a los estragos que suelen producir las apuestas. El diario La Provincia del 17 de octubre de 1902, expresa en un largo alegato que los reñideros deben desaparecer por cuanto lesionan la economía de los hogares especialmente aquellos de escasos recursos”.

Siempre Sarmiento

El sitio Revisionistas, rescató que el 24 de septiembre de 1881 ya se había creado la Asociación Argentina Protectora de Animales, siendo uno de los que contribuyó a dicha fundación el expresidente Domingo Faustino Sarmiento.

Finalmente, la “Ley Sarmiento” (Ley Nacional de Protección de los Animales Nº 2786), sancionada el 26 de julio de 1891, dictaminó el estrepitoso final de las riñas y el despoblamiento de las gradas construidas para las plumíferas peleas.

Pero ya se sabe que hecha ley…