El triste final del taxista Caputo y una deuda pendiente

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Trece autos convertidos en chatarra oxidada, kilos de neumáticos, correas, pedazos de plásticos, y toneladas de tornillos y bujías. Un basural de autopartes. En eso se convirtió el oratorio de Nicolás Caputo, el taxista asesinado a orillas de la ruta 141, el 5 de mayo de 1939.

Este 2022, se cumplieron 83 años del asesinato de Caputo, una historia que casi todos los sanjuaninos conocen y un sitio de paso obligado sobre la ruta hacia la Difunta Correa, en el departamento Caucete.

Los años y la desidia convirtieron el lugar, conocido como Bajo Hondo, en un vertedero, cuando debería ser parte de la Ruta de la Fe ya que son muchos los que dicen que Caputo les cumplió algún pedido.

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Los exvotos de estos promesantes son autopartes y hay quienes dicen que está permitido llevarse algo que se necesite si después se deja allí otra cosa a cambio.

Pero nada hay que ahora que pueda servir.

La placa que cuenta su historia está casi ilegible, solo se alcanza a leer el título: “Nicolás Caputo, protector de los viajeros”.

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Un cartel negro al lado de la ruta señala el sitio “Caputo”, y unos metros más adentro resiste el monolito blanco erigido en 1940: “Compañeros del volante Nicolás F. Caputo en el 1er aniversario de su muerte 5 de mayo de 1940”.

Pequeñas chapas de promesantes agradecidos, pegadas en esa pequeña pirámide, dan prueba de los favores recibidos.

A nadie parece molestarle caminar en ese caos.

La piecita para “iluminar” a Caputo está llena de basura y cebo de velas.

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La tragedia

Caputo tenía 39 años y una vida normal, su esposa, Josefa Angulo, y dos pequeños hijos con los que vivía en Concepción.

Una reconstrucción de su tragedia fue realizada por el escritor Carlos Víctor Bogni en un libro de 1994 donde narra varias historias de “ánimas” donde no falta la Difunta Correa y Myriam Stefford, entre otros.

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Nicolás Caputo en la foto de su carnet profesional.

Caputo manejaba su taxi, un Ford modelo 1938, chapa 3-008 perteneciente a Concepción, San Juan. Tenía parada permanente en la esquina de calles Rivadavia y Mendoza, frente a la catedral.

El día 5 de mayo de 1939, después del mediodía, una persona fue a contratarlo para un viaje hasta la Difunta Correa y desde ese momento no se supo más de él. “Su desaparición conmovió y llenó de incertidumbre a sus familiares y amigos”.

Cinco días después el diario Tribuna publicaba: “Ha desaparecido un chofer de un automóvil de alquiler”.

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Foto publicada en el libro de V. Bogni.

Bogni menciona todas las versiones que se escuchaban por entonces respecto a la desaparición de Caputo. “Se decía que el coche había sido visto en Marayes donde se había quedado sin nafta siendo abastecido por un camionero en forma circunstancial, manifestando que en el interior del vehículo iban dos personas.

Luego se dijo que había sido visto en La Rioja, en Córdoba, en Tucumán, en Santa Fe y hasta en Bolivia”.

También se vinculó a los autores del crimen con un asunto judicial relativo a una cuantiosa estafa que había hecho al fisco Juan Siri, gerente del Plaza Hotel y casino de Mendoza, y que representaba en esas épocas una suma superior al millón de pesos.

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El monolito en la década del ’60.

Más conjeturas

Otra versión señalaba que era una nueva “hazaña” de la mafia que en ese entonces comandaba Juan Galiffi y que tenía su guarida en la bodega de Don Fortunato Costa, en Avenida España y 9 de Julio.

“Lo que quedaba de sus restos fueron hallados por unos peones que trabajaban en la construcción del camino interprovincial el día 18 de julio de 1939, es decir a 2 meses y medio de ocurrido tan infausto suceso.

Junto a lo que quedaba de su cuerpo estaban sus lentes, su carnet de conductor, y tenía puesto su traje y corbata, todo destrozado por las alimañas y aves de rapiña.

Se le reconoció de inmediato por sus familiares y amigos porque en su dentadura conservaba los dientes postizos de oro”.

El periodista Walter Vilca (por entonces en Diario de Cuyo) logró hablar con la hija del taxista, Marta Caputo, quien le relató esos días cuando su madre los abrazaba llorando a ella y a su hermano.

“No hay palabras, sufríamos en la espera y la incertidumbre porque no se sabía qué había pasado con mi padre”, le contó Marta.

Otra versión

Según la narración de Walter Ferreri, Secretario General de Sindicato de Conductores de Taxis San Juan, Caputo partió de la calle Rivadavia y Mendoza, los delincuentes que se subieron al taxi eran cuatro, pero dos de ellos se bajaron en Caucete para tomarse el colectivo hacia Córdoba al día siguiente.

Las crónicas de la época solo hablaban de dos delincuentes.

“Josefina Angulo es quien puso la denuncia policial porque ella y sus hijos lo seguían esperando. Lo encontró un obrero de Vialidad que construía la ruta y ya era huesos el cadáver. Lo identificaron por los anteojos y el carnet de conducir”, dijo Ferreri

Agregó que Caputo estaba pagando el auto en cuotas. Estaba endeudado. Su esposa, algunos años después, se fue a vivir a Mendoza con sus dos hijos.

Ferreri dijo a Destino San Juan que hicieron un pedido formal a la intendenta de Caucete, Romina Rosas, para reconstruir el sitio, sin respuesta hasta el momento.

“Hemos gestionado ante varios intendentes. Hace tres años hicimos una campaña de ladrillos y juntamos unos 3.000 y pintura para restaurar, pero no pudimos avanzar”, contó.

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Sobre el asesino

El descubrimiento de los autores de este hecho, según el relato de V. Bogni, fue facilitado por el concesionario de automóviles de Don Alberto Castilla que inició averiguaciones en todas las agencias del país.

Así logró determinar que el auto de Caputo había sido vendido en una agencia del distrito María Teresa, departamento General López de Santa Fe.

Lo compró un agricultor y lo había vendido Juan Manuel Sciolaza. La policía actuó rápidamente y detuvo a este y a su primo José Demetrio Sciolaza, confesando el primero ser autor material del hecho. Se le secuestró un revólver VO calibre 38 largo.

Sciolaza relató que José le pidió a Caputo que se pare para orinar y fue cuando se produjo una discusión con Juan Manuel quien le disparó en la cabeza, aunque en principio solo querían robarle el auto y dejarlo atado al costado del camino.

El juez que intervino fue Elio Tello Quiroga y “la reconstrucción que se efectuó en Vallecito fue presenciada por más de 500 personas que querían tomar justicia por sus propias manos y linchar a los Sciolaza”.

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“La solidaridad gremial fue amplísima y total. Se efectuaron muchísimas manifestaciones para pedir justicia y los autores fueron condenados en forma ejemplificadora.

En el lugar donde Caputo fue hallado hay numerosas ofrendas, flores y un permanente alumbramiento del monolito”, decía Bogni en 1994.

Padre de familia, hombre bueno y trabajador, asesinado brutalmente a la orilla de un camino, Caputo reunía los requisitos suficientes para despertar la devoción popular, pero su oratorio hoy es un basural a recuperar, una deuda pendiente de los sanjuaninos con Caputo.

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