Lugares sagrados de los huarpes: Baño del indio

El cerro Pie de Palo es árido, tosco y poco amable desde la ruta. Pero desde adentro es verde, con cardones floridos, aromas a incayuyo y jarilla, y huellas tapizadas de piedras de colores y lajas que brillan como si fueran de plata 900.

Como un amigo ofreciendo lo mejor que tiene, así te recibe el Pie de Palo después de una hora de caminata, desde el cementerio de Caucete hasta el Baño del indio, lugar sagrado de los huarpes.

Se trata de una impresionante olla circular tallada en la roca por el agua y los siglos, donde los grupos que habitaban la zona, antes de la llegada de los españoles, dejaron grabada su existencia.

Edy Echenique y Pablo Malla, miembros de la comunidad huarpe de Las Talas, fueron dos guías atentos y dispuestos a cuidar el lugar. Conocen algunas palabras en el idioma de sus ancestros y saben usarlas para saludar y pedir permiso y bendición a los espíritus al llegar.

La lluvia que cayó en la semana hizo que la olla principal, de unos 7 metros de ancho por unos 15 metros de alto, tuviera agua, “a veces no hay” contó Edy. Hasta allá llegaban los enjambres de abejas sedientas, lo mismo que las libélulas.  Y más allá del zumbido, todo era silencio y paz.  

Baño del indio fue un lugar sagrado para los huarpes, un templo abierto, quizás una waca (del quechua wak’a, que designaba a todas las sacralidades fundamentales incaicas, santuarios, ídolos, templos). Un lugar donde esos hombres buscaban apropiarse, por medio de símbolos y de ritos, de las energías ocultas, y buscaban crear la conexión necesaria para interpretar, y quizás también dominar, las oscuras leyes de la naturaleza.

Esta waca tiene sus paredes de roca tapizada con petroglifos donde abundan bellísimas figuras de animales y símbolos abstractos, muchos de los cuales aún la ciencia aún no ha podido descifrar. Lamentablemente también los vándalos modernos dejaron ahí su marca indeseada con aerosoles y otras herramientas, ya que el sitio está alejado y sin habitantes.

Sin embargo hay una norma que lo protege. En el año 2001 fue sancionada la Ley Nº 7185 que declara Bien Integrante del Patrimonio Natural y Cultural de la Provincia a la zona de quebradas de la falda occidental del Cerro Pie de Palo y sus grabados en roca. Esto incluye además de Baño del indio a Lagar Grande o Molle, y Quebrada del Gato, los que a partir de la ley son considerados “Monumento Histórico – Artístico, Sitio Histórico y Sitio Arqueológico”.

Para entender un poco la sacralidad de Baño del indio es importante saber que los huarpes creían en una divinidad superior que habitaba en la cordillera de Los Andes, Hunuc-Huar, a quien ofrendaban maíz, chicha y plumas de ñandú. Adoraban además al sol, la luna, el lucero del alba, el viento, los cerros y los ríos y con ellos el agua, vital para la vida. Y es el agua lo que abundaba en la olla que hoy conocemos como Baño del indio.

“En el cerro Pie de Palo hay varios lugares sagrados de los huarpes, el más conocido es el Baño del indio. ¿Por qué ahí? Por la existencia de agua en abundancia, al menos en aquel tiempo”, contó Franco Gil, líder de la comunidad huarpe Pinkanta.

El Pie de Palo, explicó Gil, es un cerro casi circular, atravesándolo se puede cortar camino y es un terreno que conocían muy bien los huarpes. Tiene muchas vertientes de agua como las de Niquizanga, Vallecito, y en Baño del indio había mucha agua que bajaba, “seguramente hace años formaba ahí una cascada que dio forma circular a la roca”.

Franco contó que la comunidad huarpe sabe que se trata de un lugar sagrado por el estudio que ellos mismos realizaron de los petroglifos que hay en esas rocas. Según sus interpretaciones, sus ancestros plasmaron allí parte de la herencia filosófica y la cosmovisión del pueblo huarpe. “Está ahí el circulo de la igualdad, el guanaco, el choike, y otros animales de la cosmovisión huarpe, por eso decimos que es parte de nuestra herencia filosófica”, señaló.

Edy y Pablo

Hoy tienen la certeza de que el Baño del indio es un sitio sagrado donde la relación del huarpe con la tierra es muy profunda, y en base a esa relación, seguramente fue usado para ceremonias.

“Las ceremonias las realiza sólo un guía espiritual, el omta, que es quien tiene los conocimientos ancestrales de las ceremonias y no es alguien que se elige, es alguien que nace con ese don”, explicó.

Análisis del arte rupestre

Gabriela Riveros es Magíster en Artes Visuales y realizó varias investigaciones de los petroglifos del cerro Pie de Palo. Ella asegura que se trata de grabados realizados por pastores que llevaban el ganado a tomar agua a la olla de Baño del indio.

Se trata de pobladores del grupo Ullum – Zonda, antecesores de los huarpes que comienzan a llamarse así después de la llegada de los españoles. Los dibujos podrían tener más de 800 años ya que estas culturas habitaban esos lugares mucho tiempo antes de la conquista.

“Los que realizaron esos petroglifos eran pastores que llevaban a pastar las llamas y a tomar agua a ese lugar, por eso todos los petroglifos se encuentran rodeando los lagares donde se junta el agua”, dijo Riveros.

Toda esa zona del Pie de Palo tiene pasturas por eso era usada para el pastoreo del ganado que estaba compuesto de “llamas” dijo. Riveros coincide en que el Baño del indio debió formarse por efecto del agua. “En el verano bajan las crecientes del Pie de Palo, se encauzan por ciertas quebradas y esa olla de piedra se formó por esa corrientes tremendas. Esas formaciones llamadas lagares están ubicadas en hendiduras por donde el agua baja y queda en esos reservorios, por eso eran los mejores lugares para beber”, aseguró.

Estos grupos humanos no vivían ahí mismo, sino en tierras bajas, pero subían para el pastoreo. Riveros cree que los grabados se fueron haciendo como señales indicativas de la cercanía con el agua, por eso a medida que se va acercando el reservorio van apareciendo cada vez más petroglifos en el camino. Pero en esto no coinciden Malla y Echenique ya que dicen que en la época anterior a los españoles, los nativos eran cazadores y no sabían domesticar el guanaco.

El lagar está absolutamente cubierto con los dibujos hechos por esos hombres y según Riveros se trata de una creación colectiva, es decir que no lo hizo un grupo determinado, sino muchos grupos de pastores a lo largo de los siglos.  Esto puede determinarse por la diferencia entre las pátinas naturales de la roca, algunas más claras y otras más oscuras.

Sobre las características plásticas de esas obras de arte rupestre, la experta dijo que no son dibujos muy grandes y están trabajados de forma superpuesta, es decir que fueron haciendo uno sobre otro. En algunos casos le agregaron algo a otro existente, por eso “algunos son confusos”. Lo asombroso es que cada dibujo se hace visible y distinguible según la hora del día y la posición del sol, estas variaciones de luz permiten ver lo que se hizo primero y después en esa maraña de grabados.

“Esto significa que esos petroglifos cambian todo el día, no es algo rígido, son imágenes de luz y la luz hace que entiendas ese relato de la imagen sobre la piedra gris. Si el dibujo estuviera recién hecho se vería blanco, pero el tiempo genera una pátina gris en la roca y son distintas capas de tiempo. Iluminadas a cierta hora no lo ves pero a otra hora, lo ves”, contó.

¿De qué hablan esos dibujos? Para Riveros los temas son pastoriles, el ganado cuando lo doman, cuando lo llevan en recuas, animales cargados con niños en la espalda, el apareamiento, amamantamiento y vida pastoril.

Hay otros animales como ñandúes, chinchillones y traza de huellas de pumas, serpientes, que implican peligro, pero los principales son los guanacos.

También hay otros personajes que tienen que ver con otro plano de la existencia de estos hombres, son representaciones relacionadas a sus rituales, entre ellos el sacrificador que es un personaje típico en las poblaciones precolombinas y aparece matando animales y exhibiendo cabezas.

“Hay otros signos que desconocemos, formas abstractas de las que no tenemos referentes”, admitió.

Otras creencias, otros saberes

Edgar Echenique tiene 33 años y desde chico conoce el Baño del indio ya que sus padres, sus abuelos, y los abuelos de sus abuelos, vivieron siempre en la zona, hoy llamada Las Talas, en Caucete.

Para ellos, ahora autoreconocidos huarpes, allí se realizaban rituales de agradecimiento a los animales, al sol, a la luna, en una época que los grupos se asentaron para producir alimentos. “Uno se imagina rituales más sangrientos pero no eran así. Acá hubo dominación incaica eso es sabido, pero creemos que esos rituales sangrientos no llegaron así”, aseguró.

Edy, como lo conocen todos, confesó que son las nuevas generaciones las que están volviendo a las raíces huarpes y que sus padres no se reconocían como tales, aunque fueran descendientes. “Esta es una nueva lucha también por recuperar territorios de nuestros ancestros que siempre vivieron acá. La sangre existe, el huarpe no ha muerto, hemos sido colonizados, pero hay costumbres que mantenemos como algunos alimentos autóctonos. Ahora trabajamos para reivindicar esos productos”, dijo.

Sentado a la orilla de la gran olla de roca Edy aseguraba: “acá uno tiene la sensación de sentido de propiedad, es algo que nos pertenece y tenemos que protegerlo y cuidarlo, nuestros antepasados estuvieron aquí y están plasmadas nuestras raíces como cazadores y recolectores. Aquí se siente una paz especial. Hay muchas historias que dicen que el espíritu de un indio cuida el lugar, nunca lo vi pero sí se siente”.


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