Nazario Benavides: caudillo y gobernador poco reconocido

Nazario

Valiente en los campos de batalla, pero fuera de ellos era un hombre pacífico y deferente hasta con sus enemigos, Nazario Benavides fue un caudillo y gobernador poco reconocido en San Juan. Le decían “El caudillo manso” por su bonhomía y templanza.

Vivió en la época más sangrienta del país, las luchas de unitarios y federales, y éstos últimos lo tuvieron entre sus filas. No se doblegó ante los líderes de su movimiento y fue compasivo con sus enemigos. Sin embargo en San Juan apenas una calle recuerda su nombre.

“En lo físico era Benavides un hombre de talla elevada y cintura delgada, ancho de espaldas y un poco encorvado. Su cabeza pequeña estaba cubierta de cabellos renegridos e indómitos que con frecuencia le caían sobre la frente.

Sus mejillas ostentaban escasa barba y era raro que sus ojos miraran de frente a su interlocutor. Largo de piernas, su cuerpo no tenía proporción”, según lo describe Pedro Echagüe.

Nazario Benvides

Carmen Peñaloza de Varese y Héctor Arias, en su “Historia de San Juan”, relatan que Nazario era hijo Pedro Benavides y Juana Paulina Balmaceda y que nació en el corazón de Pueblo Viejo, Concepción.

No eran ricos pero vivían con holgura, Don Pedro era agricultor y le enseñó a sus hijos a prepararla, a cultivar la vid, a atender la huerta y los potreros. Los trabajos predilectos de Nazario fueron la construcción de tapiales, podar y hacer acequias y desagües.

La ejecución de su hermano Juan Alberto, que fue parte del Regimiento Primero de Los Andes y actuó en el levantamiento que dio por resultado la autonomía de San Juan en agosto de 1820, impresionó mucho a Nazario, abandonó los estudios y el cultivo de la tierra por el oficio de arriero.

Arriero en combate

Por eso a los 24 años su habilidad en las tareas del arriero era notable y se decía que podía manejar solo una carga de ocho animales.

Cuándo Facundo Quiroga se preparó en San Juan para marchar sobre Tucumán para enfrentar a Lamadrid llamó al servicio a 50 arrieros y expertos en los caminos que iba a recorrer y entre ellos se encontraba Nazario.

Víctor Rodríguez, biógrafo de Benavides, dice que “su actividad infatigable y su conducta inalterable, apropiada a las circunstancias, no había pasado desapercibida para la vista experimentada de los jefes superiores qué había designado Quiroga, de modo que su prestigio comenzaba a formarse antes de que el mismo se diera cuenta”.

Facundo Quiroga
Facundo Quiroga

Pronto exhibió otro aspecto en el que se destacaría, el hombre de armas.

En lo más recio del combate, en la batalla del Rincón del 8 de julio de 1827, Benavides que venía de cumplir con una de las exigencias de su cargo, vio caer herido a un soldado y no pudo resistir su impulso, recogió la lanza y el sable del caído y se precipitó con los demás sobre el adversario, lanzando y acuchillando a cuantos se oponían a su paso.

Rodríguez cuenta que este acto de arrojo le valió, una vez concluida la sangrienta escena, el grado de Teniente Primero, seguido casi de inmediato su ascenso a Capitán con motivo de una difícil y peligrosa misión desempeñada en el camino que conducía de Tucumán a Salta.

La carrera militar en el ejército de Quiroga fue rápida, ya en 1831 actúa como Teniente coronel en el encuentro de Capayán, acción librada por la vanguardia del ejército que derrotó, el 4 de noviembre, a Lamadrid en la Ciudadela.

Campaña del Desierto

En diciembre de 1832, los gobiernos de Mendoza y San Juan en coalición programaron la Campaña al Desierto y nombraron como director de la guerra al brigadier general Juan Facundo Quiroga.

La provincia colaboró con una división de 300 hombres y más 25 jefes y oficiales, como también con ganado y dinero.

Formaban la plana mayor el Coronel Juan Martín Yanzón, el Teniente coronel Nazario Benavides y el Comandante Hilario Martínez.

“Por el diario de Jorge Velasco nos enteramos del comportamiento de Benavides al frente del Primer Escuadrón de Auxiliares, que fue elogiado por la superioridad y juntamente con Yanzón vencieron al cacique Yanquetruz”, relata Peñaloza.

Ya sin recursos, Quiroga dio la orden de regresar y luego de ocho meses de campaña, la división entraba en San Juan el 25 de octubre de 1835.

Ese año, Benavides contrajo matrimonio con Telésfora Borrego Cano y fue padrino de la boda  el general Quiroga. Telesfora pertenecía a una familia de fortuna y vinculada a la sociedad, en especial por la rama materna. Entre 1835 y 1857 Nazario y Telesfora tuvieron 11 hijos.

“Su casa un modelo de hogar cristiano, su esposa toda bondad, muy religiosa, enseñó a respetar al enemigo y al amigo. Fue, según Larraín: ‘el paño de lágrimas del pueblo en la época más triste de la ensangrentada historia de guerra civil’”.

Benavides es un hombre frío; a eso debe San Juan haber sido menos ajado que los otros pueblos. Tiene un excelente corazón, es tolerante, la envidia hace poca mella en su espíritu, es paciente y tenaz. Domingo Faustino Sarmiento.

sarmiento

Benavides gobernador

Facundo Quiroga fue asesinado en 1835 y las luchas y levantamientos se intensificaron.

El 25 de febrero de 1836, la Sala de Representantes eligió gobernador interino a Benavides cuando tenía 33 años. Le tocó conducir una provincia ocupada por el ejército riojano y donde la clase dominante eran mayoritariamente unitaria.

La colección Nazario Benavides que fue robada del Museo Manzini.

“Sanjuaninos pacíficos y virtuosos, descansad en la protección de un gobierno paternal que solo será implacable con los unitarios perturbadores del orden y el perverso infractor de la ley”, dijo Benavides en su asunción.

Como primera medida de gobierno, Benavides resolvió federalizar la provincia reinsertándola en el esquema rosista.

Permitió el regreso de muchos unitarios exiliados en Chile, entre ellos Domingo Faustino Sarmiento, Anselmo Rojo y Antonino Aberastain. Aunque estaban en las antípodas políticas, Benavides le dio trabajo a Sarmiento, lo puso a cargo de la imprenta estatal desde donde imprimió el diario El Zonda.

Además, nombró juez supremo al unitario Aberastain, también su adversario político.

Como gobernador, también dio impulso a la minería, creó una secretaría de Minas y decretó un Manual Reglamentario Sobre el Trabajo en Minas.

Reabrió la Escuela de Primeras Letras del Estado y la dotó de los escasos recursos con los que contaba la provincia. La cultura avanzó durante su gobierno, mayormente de la mano de los unitarios de la llamada Generación del ’37. Se fundó la Sociedad Filarmónica y se reinstaló la Compañía de Jesús.

Gemelos de Benavides donados por sus descendientes.

En agosto de 1841 fue protagonista de la Batalla de Angaco, en enfrentamiento más sangriento entre unitarios y federales.

Benavides fue gobernador tres veces más en los periodos: 1841 – 1852; 1852 – 1855; y 1857 solo por dos meses como interino.

Asesinato del caudillo

Benavides fue detenido en una riña de gallos, ubicada en lo que hoy es la calle San Luis, entre Sarmiento y Entre Ríos, por un grupo importante de hombres armados. Lo dejaron preso e incomunicado y engrilletado. Se lo acusaba de “conato comprobado de sedición”.

Carlos Semorile, nieto de Buenaventura Luna e historiador, realizó una magnífica crónica sobre el asesinato de Benavides en la que se reivindica la figura del caudillo manso.

“Los unitarios sanjuaninos cumplen su deseo: «Medio muerto, fue enseguida arrastrado con sus grillos y casi desnudo, precipitado desde los altos del Cabildo a la balaustrada de la plaza, donde algunos oficiales se complacieron en teñir sus espadas con su sangre, atravesando repetidas veces el cadáver y profanándolo hasta escupirlo y pisotearlo», escribía Benjamín Victorica en El Nacional de Buenos Aires.

Nombramiento de Benavides como General de Línea del Ejército, firmado por J.M. de Rosas.

Así moría el llamado «caudillo manso» que gobernó San Juan desde 1836 a 1854 en un clima de tolerancia y respeto, el que hizo de la provincia «el centro de la reconciliación donde el asilado político encontraba el refugio humanitario y hospitalario que garantía su vida y su propiedad». Entre sus protegidos, nada menos que Sarmiento y Aberastain.

Atrás quedaban las cartas enviadas por Benavides a Urquiza para evitar este desenlace, y los consejos del entrerriano para que negociara con sus futuros asesinos. «No he de consentir a la humillación de descender hasta mis perseguidores en busca del apoyo de una amistad bastante dudosa», responde Benavides.

(…) Los restos de Benavides comienzan un largo peregrinar que culminaría recién siglo y medio más tarde con la localización exacta de sus cenizas.

No le iría mejor a la memoria de su obra, hábilmente escamoteada al conocimiento popular: ningún monumento recuerda su figura, no hay canciones que narren su gesta, a excepción de una zamba de los Hermanos De la Torre dedicada al «caudillo dulce», que sugestivamente permanece inédita.

El federal

A nadie parece importarle saber que este hombre del partido federal no fue un títere de Rosas, y que oportunamente le negó la cabeza de Sarmiento, a quien ayudó a salir rumbo a Santiago de Chile, así como le negaría luego la de Ángel Peñaloza.

¿Para qué conocer algo más de Benavides que su «mansedumbre»? ¿Para qué saber que como militar impidió varias veces que Cuyo cayera en manos unitarias y que por estas razones -al decir de Sarmiento- gozaba «de un inmenso prestigio en todas las provincias de la costa del Pacífico»?

Y, más que nada, ¿para qué interesarse en su accionar político, en su apoyo a la causa federal y a las posibilidades de organización nacional que en su tiempo pareció representar Urquiza?

¿Por qué hablar de este sanjuanino que toda su vida peleó contra el «Club de Demagogos» y del que decía «este grupo liberal es un club sostén acérrimo de las ideas inmorales y subversivas que esparce por toda la República don Domingo Faustino»?

Nazario Benavides comprobó en carne propia la ingratitud de su antiguo protegido, a quien había ayudado a fundar el diario El Zonda y al que acompañó hasta la frontera para que pudiera escapar ileso, y que tras su salvaje asesinato, estando engrillado y en prisión,  no ahorró infamia en contra de su memoria”.

Hoy en San Juan solo el nombre de una calle recuerda al “caudillo manso”.