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Un milagro en Tres Esquinas: la Virgen de Beretta y la memoria de Malvinas

“¿Qué hago acá?” se preguntaba una y otra vez un italiano que reside en Como, localidad ubicada al pie de los Alpes, mientras pisaba la tierra de Tres Esquinas, en el departamento Sarmiento, a pocos kilómetros del límite con Mendoza.

No era cualquier italiano, se trata de Raffaele Beretta, el artista que realizó y donó a la provincia la monumental obra “Deportación de los huarpes” ubicada sobre calle 15 en Pocito.

Una respuesta a su pregunta podría ser: visibilizar la historia de un milagro atribuido a la Virgen de la Paz, cuya imagen realizó Beretta para una iglesia que no fue terminada y que la comunidad de Tres Esquinas necesita con urgencia.

Montaje realizado por Beretta, la Virgen aún no fue colocada. La iglesia está sobre la calle Aranda casi 25 de Mayo, Tres Esquinas.

El primer capítulo de esta historia es el milagro del cabo segundo Martín Romero. En 1982, en medio de la guerra de Malvinas, su madre le prometió a la Virgen de la Paz que si su hijo volvía con vida ella donaría el terreno para la construcción de la iglesia que hasta ese momento funcionaba en un salón de adobes.

El milagro sucedió. Martín se salvó, estaba en el ARA General Belgrano y a metros de dónde impactó el primer misil inglés. Después se tiró al gélido mar del sur para intentar mover la balsa que estaba muy cerca del gigante que se hundía.

No murió en la primera explosión, no murió congelado y pudo volver a abrazar a su madre. Pero de la promesa a la Virgen se enteró muchos años después, cuando su madre ya había fallecido.

Por alguna otra energía mágica, la historia de Martín se enlazó con un ser humano excepcional como Raffaele, un maestro escultor que trabajó durante tres años junto a la comunidad de la escuela Luis Vernet para dejar la obra de los huarpes como patrimonio de todos los sanjuaninos.

Ese trabajo que demandó tres años fue donado a San Juan. El mismo espíritu movió a Beretta a crear y donar la imagen de la Virgen de la Paz a una iglesia que no está terminada.

Raffaele dijo que su representación de la Virgen de la Paz se vincula con la historia de América y el choque entre pueblos originarios y europeos entre fines del 1400 y mediados del 1500, “una situación de continua beligerancia”.

El milagro de la Tilma de Guadalupe (el manto indígena de 1531, México) marcó un primer símbolo de pacificación: la Virgen se apareció a Juan Diego y dejó su imagen en el manto, con rasgos comprensibles para los pueblos indígenas; “primera oportunidad de pacificación, al menos en el plano simbólico”, dijo el artista.

Raffaele Beretta y Patricia Senda.

Esa imagen mostraba a una joven embarazada, lo que permitió que europeos e indígenas compartieran devoción y un sentido de unión espiritual.

“Pero no hay paz sin justicia, y la imagen que ha tomado forma en la iglesia de la Virgen de la Paz, en Tres Esquinas, Sarmiento, anhela contribuir a la consecución de este tipo de pacificación. Allí se evoca a una joven Mujer, ‘Vestida de Sol’, cuyos rayos resplandecen a su alrededor en la ‘Almendra sagrada’ (el marco que la contiene), que se obtiene superponiendo partes de dos circunferencias, una que representa la componente material de todo ser que se manifieste en la tierra, y la otra la espiritual, de otra manera invisible, pero sin la cual nada podría aparecernos como animado”, contó Beretta.

También explicó que “la Joven, que es madre universal, también es Reina del Cielo y de la tierra, sobre la cual ella posa los pies, sin la presencia de la serpiente, que en la corona alrededor de la almendra se ha transfigurado en aves que en la cima del ojival se convierten en palomas pacificadas gracias a una trascendencia fiel”.

La elección de materiales de comprobada resistencia, como el cemento blanco, el polvo de travertino y el acero, “remite a la equivalente fuerza de las esculturas mayas y aztecas, pero también egipcias, griegas y de otras civilizaciones del pasado, cuyos ejemplos han atravesado los siglos sin necesidad de una protección distinta del Cielo, o de aparatos religiosos y políticos que los cuidaran a lo largo del paso de los siglos y de las mentalidades”.

Motivación increíble

Beretta había comprado un terreno en Tres Esquinas y caminando por el pueblo sus ojos se detuvieron en esa iglesia cuasi surrealista, altas paredes de ladrillos y hasta campanil, pero sin techo, vacía. Su espíritu benefactor pensó de inmediato en hacer su aporte.

El nexo con la comunidad fue David Zalazar, un joven de la comunidad huarpe al que Beretta becó para que sea su ayudante en Italia cuando el artista realizaba la obra “La puerta del cielo”.

De inmediato contó con las mujeres que trabajan por esa iglesia: Ester González, María Cabalín, Graciela Días, y Mabel Medina, entre otras. Pensaron que el italiano haría una imagen pequeña, pero Beretta quería hacer la imagen principal del altar.

“Le preguntamos sobre la iniciativa de Raffaele al padre, en ese momento estaba Rómulo Cámpora, y dijo: ‘Si es donación…’. Raffaele vino un día con un calor de 40 grados, lo recibí yo y las otras señoras, le ofrecimos lo que teníamos porque tenemos un saloncito atrás de la iglesia que tiene un bañito y él se las arregló con eso. Yo le ofrecí mi casa, pero no quería, me dijo que necesitaba estar solo”, dijo Ester.

Sin ser católico, pero sí profundamente espiritual, Raffaele realizó una Virgen de dos metros de alto, ya está terminada pero la comunidad no quiere colocarla hasta que la iglesia tenga el techo. Además aún no se realiza el trámite de la donación de la obra.

“Él nos contaba que trabajaba de noche porque se inspiraba más y que veía una luz que guiaba sus manos. Gracias a Dios que puso a Raffaele Beretta en nuestro camino, nos regaló una imagen de la Virgen hermosa”, contó Ester.

Aunque el terreno fue donado por la madre de Martín, Dora Díaz, en 1982, la iglesia recién se comenzó a construir en 2013. Ese año, durante una visita del entonces gobernador José Luis Gioja a Tres Esquinas, las vecinas que estaban haciendo los trámites para construir la iglesia lo esperaron con una pancarta.

Gioja se bajó en lugar, las escuchó y le dijo a Alberto Hensel (que era el intendente de Sarmiento) que la municipalidad ayudara a levantar la iglesia, y así lo hizo. Pero cuando hubo cambio de intendente la obra se paralizó. Y ahí quedó hasta el día de hoy, a pesar de las cientos de gestiones que intentaron las vecinas.

En el salón de la vieja iglesia antes funcionaba un almacén y ahora está Cáritas. Pero las misas no se pueden celebrar ahí porque el edificio, de más de 100 años, quedó afectado por el último terremoto. Las misas se realizan entre las paredes de la nueva iglesia sin terminar.

El salón que prestó el vecino Oscar Casab y donde funcionó la iglesia de Tres Esquinas.

La devoción a la Virgen de la Paz nació en la vieja iglesia. “Terminar la nueva imagen fue una odisea, me costó enfermedad por los meses que pasamos con 40 o 45 grados de calor, nos daba apuro porque Raffaele no tenía comodidades en ese salón”, contó Ester.

La comisión de mujeres de la iglesia está comprometida a terminar la obra, lo más importante, el techo, y después la obra fina de las paredes. Pero falta el financiamiento, están buscando la forma más transparente de hacerlo a través de donaciones.

Martín Romero, ex combatiente de Malvinas, en el predio de la nueva iglesia.

Un milagro llamado Martín

Cuando su padre le preguntó si quería seguir estudiando, Martín le dijo que quería hacer carrera en la Armada, donde ya estaba su hermano mayor. Con 18 años, dejando la tranquilidad de su Tres Esquinas natal, se fue a Buenos Aires.

Pasó tres años en Puerto Belgrano haciendo remolques y de ahí le dieron el pase al ARA Belgrano en diciembre de 1981.

La guerra de Malvinas lo encontró de servicio en el ARA Belgrano, tenía 22 años y apenas cuatro meses arriba de ese barco al que conocía poco.

“A nosotros nos hundieron un día domingo 2 de mayo a las 4 de la tarde. Yo justo había tomado la guardia en la torre uno de crucero de guerra que era de 4 horas de guardia y 8 de descanso. Mi función ahí era cargador de pólvora derecho, es el que pone la vaina dentro del tubo cañón”, contó Martín Romero.

Ese día merendó a las 15,30 y se fue a su sollado que quedaba en la parte de atrás y de ahí a su guardia. “El barco tiene 186 metros de largo. Yo estaba en la parte de popa, en las cubiertas de abajo. Es el lugar donde hace impacto el primer torpedo. Yo no tengo ningún rasguño, ni uno, nada. Fui un privilegiado porque en ese momento fui a dejar mi jarrito y a buscar mis auriculares”.

Ester y Carlos junto a la Virgen de la Paz.

El Belgrano tenía 1093 tripulantes, murieron 323, la mayoría falleció en la explosión después del impacto de dos torpedos. «El submarino nuclear Conqueror disparó tres torpedos de los cuales dos hicieron impacto; el tercer torpedo supuestamente fue dirigido a uno de los dos destructores que eran escolta del crucero, pero no hizo impacto», contó Martín.

“Yo estoy en la torre de proa, entro dentro de la torre y entonces en eso se escucha la primera explosión muy fuerte y ahí gritaron: ‘¡Cuidado, nos está tirando un submarino, nos están tirando misiles!’. Ahí viene la otra explosión inmediatamente que es en la proa”, relató Martín.

El primer misil entró en la popa y el segundo le cortó unos 10 metros de proa al Belgrano, “literalmente como una cuchilla”. Martín debía estar en la torre de cañones esa estaba aproximadamente a 20 metros de la proa.

“Para mí fue un milagro que yo me haya salvado, ¿no? Y es más, cuando yo salgo a la cubierta, yo camino, o sea, yo puedo ver porque eran las cuatro de la tarde. El problema eran los de abajo, los que estaban en cubiertas bajas porque se cortaron inmediatamente las luces”.

La única manera de salvarse en esas aguas con temperatura bajo cero era subirse a una balsa, la de Martín salvó a siete: cinco conscriptos, un suboficial y Romero, que era Cabo Segundo. Ninguno estaba herido, todos, con la esperanza de que los rescaten.

Foto de archivo del hundimiento del Belgrano.

“Frío yo no sentía. Por lo menos en lo personal el frío ya no lo sentía. Yo estaba completamente mojado porque me tuve que tirar al agua porque pensé que la balsa no se alejaba por el peso que tenía, entonces, otro bote de goma pero con motor y con una cuerda tiraba nuestra balsa”, dijo.

“Estuve no sé cuántos minutos, cinco, diez minutos en el agua y una vez que se hunde el barco ahí yo me subo a la balsa todo congelado, no me podía casi mover, estaba muy duro, entumecido”.

Martín se miraba las manos, rígidas como las de un cadáver, tan duras que no las podía mover. “Yo no sé por qué no me congelé, porque teóricamente más de tres minutos no se puede sobrevivir al congelamiento del agua. Los médicos me dijeron que posiblemente fue por la ropa que yo tenía, que era de algodón”.

Lo que sí sentía era como una sensación de que le estrangulaban brazos y piernas con un alambre.

La balsa estaba pinchada y aunque tenían inflador habían perdido la goma de aire y Martín pensó que no iban a subsistir otra noche. “Nosotros tratamos de mantenernos despiertos toda la noche, no organizamos guardia, todos estábamos callados o rezando al Padre Nuestro”.

Estuvieron 25 horas en el mar, era una balsa de valientes, ninguno lloró ni se quejó, y al momento del rescate ninguno quería ser el primero en salir de la balsa que estaba pinchada. “De esos cinco pibes conscriptos que tenían 18 años rescato el valor que demostraron”, dijo Martín.

Cuando la balsa parecía un ocho con la mitad desinflándose, los siete fueron rescatados por el Piedrabuena. Martín nunca supo quién era el suboficial (el único con bigote permitido) ni el conscripto que era enfermero en esa balsa salvavidas. Los otros eran: Juan Carlos Miranda, Luis Borgonovo, Carlos Giordano, y Socorro Díaz.

El regreso a casa fue lento, junto a otros 17 excombatientes llegaron a San Juan en colectivo, los esperaba una delegación oficial. Un amigo de la familia lo llevó a su casa a almorzar y después a Tres Esquinas.

Cuando Martín quiso contar el encuentro con su madre se quebró, no pudo hablar. Pero uno puede imaginar esa escena y ese abrazo eterno. Era la materialización del milagro.

Martín sabía que su madre había donado el terreno para la iglesia; antes, su abuela había donado el terreno para la escuela, pero fue mucho después de la muerte de Dora que sus hermanos le contaron que la donación había sido una promesa para que él volviera con vida de la guerra.

“Mis hermanos sabían, pero no sé por qué no me habrían dicho. O sea que yo me enteré de esa promesa hace 4 o 5 años. No solo me salvé, que era el pedido de mi madre, sino que no sufrí ni un rasguño, nada, cuando había gente herida, quemada, cortada… otros murieron en la balsa”.

Un milagro de la Virgen de la Paz que hoy necesita terminar su iglesia en Tres Esquinas.

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