Carrizal

A casi 80 años de la tragedia, una familia resiste en El Carrizal

Las casonas abandonadas al costado del camino dan la sensación de haber llegado a un pueblo fantasma. Son al menos ocho ranchos de adobe que el tiempo ha degradado hasta convertirlos en pura evidencia de un pueblo que ya no existe.

Uno de los ranchos abandonados en El Carrizal.

Luego de ese trago amargo se llega a un oasis, un vergel donde el agua de vertiente hace posible la resistencia de una sola familia: los Brizuela, Juan (73 años), Elba (63) y su hijo Enrique (38).

El 13 de febrero de 2024 se cumplirán 80 años de la desgracia que arrasó con todo el pueblo: una violenta avalancha ocurrida en horas de la noche bajó con furia de la quebrada El Carrizal llevándose a 15 personas, ganado y viviendas. Fue la noche del horror, una bisagra en la historia de El Carrizal.

Un tío de Juan, hermano de su madre, se salvó porque su casa estaba en alto, ese día sus padres no estaban allí. Los pocos que lograron escapar del agua fueron los que tuvieron tiempo de subir a algún cerro, el resto fue tragado por el aluvión, y de las 15 solo encontraron 14 personas, algunas a 12 kilómetros aguas abajo, como a María Torres que con los años se convirtió en milagrosa y venerada.

El cuerpo de una abuela jamás fue hallado.

Los cerros que abrazan el pequeño valle, aún conservan las marcas del aluvión.

Nadie quiso volver a vivir allí.

Solo los Brizuela, y su profundo amor por esa tierra, resisten.

A 2.082 metros sobre el nivel del mar, sólo 11 kilómetros separan a El Carrizal de Angualasto (pueblo que tiene poco más de 300 habitantes) por la Ruta Provincial 420. El camino de tierra se puede transitar con cualquier vehículo, pero la marcha es lenta por los hilos de agua que se van atravesando.

Además, el paisaje obliga a pararse cada tanto a admirar la belleza colorida de los cerros y el agua cristalina. Más arriba, las casas abandonadas hacían volar la imaginación sobre la vida apacible de esa gente hasta que los cerros se convirtieron en agua que los tragaba.

El valle que fue núcleo productivo se encuentra entre la sierra Yerba Loca y la sierra del Volcán, por donde corre el arroyo El Carrizal que es de régimen pluvial y aportante del río Blanco.

En la capital sanjuanina, la tragedia del aluvión pasó casi desapercibida ya que ocurrió tres semanas después del terremoto de 1944 y la ciudad estaba devastada.

Una vida tranquila

Juan y Elba tuvieron cuatro hijos, dos viven en Angualasto, uno en Jáchal, y Enrique vive con ellos.

Dos grandes reservorios de agua que surge del cerro son la fuente de la vida para los Brizuela. El agua fue analizada y es de buena calidad, se usa para el consumo de la familia y también para el riego de la alfalfa, porotos, zapallo, papa, zanahoria, otras verduras de huerta y para los frutales como manzana, pera, nogal, etc.

Uno de los reservorios de los Brizuela.

Este año los vientos Zonda fueron más fuertes que de costumbre y diezmaron la producción de fruta.

Si se cosechará algo de uva con la que los Brizuela elaboran unos 1.000 litros de vino “Carrizaleño”, un patero dulzón que entra fácil y que la familia vende en Angualasto donde lo piden los turistas.

En la inmensa finca, los corrales guardan ovejas que aportan carne para la subsistencia al igual que las gallinas y pollos.

Miel y vino que elabora la familia Brizuela.

Gracias al programa provincial, las colmenas llegaron a El Carrizal y la venta de miel suma otra entrada de fondos a la familia.

Lo que no ha llegado en todos estos años es la energía eléctrica, y sólo dos paneles solares aportan algo de electricidad para mantener una heladera (sin freezer) y un televisor. La radio tiene su propio acopio de energía solar.

La conexión con el mundo depende de la energía solar.

Tampoco hay señal de telefonía, y para “enganchar” señal deben caminar una hora hacia arriba. Lo único que los conecta con el mundo es una radio de la red de comunicación de Defensa Civil.

Elba cuida su jardín y sus rosas, siempre tiene algo que hacer. Ella nació en la localidad de Las Flores, sin embargo, anida en su interior el miedo a las crecidas de la quebrada. “Los veranos son lágrimas. El ruido es terrible, y las crecidas siguen bajando muy fuerte por acá”, contó Elba.

“Mi suegra me contó que después del aluvión pasó un tiempo para poder volver acá y que era algo espantoso, por eso para esa fecha siempre tengo miedo, tengo terror”, confesó.

Menta, poleo, cedrón, burro, las hierbas medicinales también abundan en este paraíso solitario.

Juan es circunspecto, le cuesta abrirse a estos forasteros que llegan a su casa, donde las visitas no abundan. Pero al final, cuenta la historia que conoce de primera mano, la historia de la desgracia que casi voló del mapa a El Carrizal y que, por ahora, ellos salvan del olvido.

brizuela
Elba y Juan.

En 2021, la finca fue incluida como destino turístico del departamento Iglesia. La misma se puede visitar con reserva previa al 2644 58-7438.

Un aluvión investigado

En la investigación titulada “El aluvión del 13 de febrero de 1944 en la Quebrada del Carrizal, Departamento Iglesia, Provincia de San Juan”, de María Yanina Esper Angillieri (CONICET- Gabinete de Neotectónica y Geomorfología, INGEO. Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Universidad Nacional de San Juan), la autora aporta información valiosa del evento.

“El 13 de febrero de 1944, pocas semanas después del sismo (M 7,4) que destruyera la capital sanjuanina, un violento e imprevisto aluvión azotó a una pequeña localidad emplazada al noroeste de la provincia de San Juan en el departamento Iglesia, en el borde noroccidental de Precordillera Occidental.

En pocos minutos, la suma de factores climáticos, geológicos y geomorfológicos, se reflejó en la generación de un flujo repentino, cuyo caudal fue estimado por los hidrólogos en 600 m3/s. Como consecuencia treinta y cinco personas perdieron la vida, viviendas y la mayor parte del ganado y sus cultivos, fueron arrasados y sepultados bajo una masa de lodo, rocas y ramas, fenómeno que puso fin a la existencia de la localidad El Carrizal”.

“Ese día en horas de la tarde, lluvias de corta duración, pero de carácter torrencial perturbaron el área de la quebrada del Carrizal. La estación de aforo Angualasto, ubicada al pie de la quebrada, registró para el mes de febrero de 1944 21 mm de los 59 mm anuales, es decir el 39,62 %.

Lamentablemente no existen datos diarios de precipitaciones, solo mensuales, por lo que no es posible conocer el volumen de agua precipitada para esa fecha o días anteriores, tampoco quedan testigos presénciales.

Ilustraciones pertenecientes a la investigación de Esper Angillieri.

Sin lugar a dudas el factor desencadenante del proceso fueron las mencionadas lluvias que aportaron a la cuenca un enorme volumen de agua, incrementando el caudal de la quebrada del Carrizal y desarrollando inicialmente un violento flujo de agua cargado de sedimentos.

Luego, probablemente ese violento flujo, al alcanzar el citado sector estrecho del valle (principal condicionante y coadyuvante), se vio momentáneamente frenado. La acumulación de ramas, troncos y material detrítico habría actuado como un impedimento para el rápido escurrimiento superficial encauzado, demorando o imposibilitando transitoriamente la movilización de la masa detrítica, generando una suerte de dique natural momentáneo, que luego de generar suficiente presión, al acumular un mayor volumen y saturación en ese punto, superó el impedimento, favoreciendo la génesis del aluvión”.

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