Salamancas en San Juan, el antro del diablo

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Si en la noche, en el campo, escuchás música y risas que salen de una cueva en un cerro, es la salamanca, el antro del diablo donde van los que quieren entregar su alma a Lucifer.

Esta es la base de la leyenda de la salamanca, muy difundida en todo el noroeste del país y también en San Juan con testimonios que abundan. La salamanca es parte importante del folclore local.

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La alamanca según Leonardo Fabio.

Las versiones (de fuentes reales que jamás revelarían sus nombres) señalan que en San Juan se realizan salamancas en los cerros de Villicum, algunos de Ullum y en el Pie de Palo. Aunque también se las menciona en los departamentos alejados como Jáchal, Calingasta e Iglesia.

Una famosa “curandera” sanjuanina aportó que en la salamanca los protagonistas son siempre los excluidos: las brujas, los asesinos, los malditos y los mediocres que van para adquirir alguna destreza. A éstos últimos, el diablo les otorga el poder de ser, por ejemplo, el mejor cantor o el mejor guitarrista.

Para lograrlo, el interesado hace un pacto con Lucifer que firma con sangre, a cambio de esas destrezas entrega su alma.

En el libro ‘Seres mágicos que habitan en la Argentina’, Elena Bossi realiza un mapa del país con las salamancas más famosas que hay en casi todas las provincias.

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El mapa de las salamancas elaborado por Bossi.

Salamancas de Argentina

San Juan es una de las provincias que ofrece el mayor número de salamancas, entre las más famosas mencionaremos la del cerro de Agua Negra y la de la quebrada del cerro de Cauquén.”, relata Bossi.

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Libro de Bossi.

Luego menciona la salamanca más famosa de Catamarca, la de Saujil, y en La Rioja registró una en Vinchina, en las afueras de La Banda.

Mientras que en la provincia de Jujuy la más importante y antigua es la salamanca de un cerro de arenas finas en Abra Pampa llamado Huancar o Guancar. Se dice que allí nace el viento y la leyenda cuenta que de la laguna de Santa Catalina un día salieron dos víboras voladoras con cabeza de gato, una cayó en Huancar y la otra en el cerro de Catar, y así se formaron ambos cerros.

Bossi, entre otros datos, aporta que no todas las salamancas funcionan los mismos días. “La mayoría realiza fiestas todas las noches hasta el primer canto del gallo al amanecer, sonido que deshace todo aquelarre. Sin embargo, existen algunas que abren sus puertas sólo los martes y los sábados desde el atardecer”.

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Lo que le pasó a Escudero

El gran poeta sanjuanino, Jorge Leonidas Escudero, escribió el poema ‘La salamanca’ basado en una experiencia que tuvo en las montañas iglesianas, en sus épocas de pirquinero.

Como no miento debo nombrar el sitio,

esto me pasó en el departamento Iglesia,

de Angualasto al noroeste, arroyo Las Puentes.

Por ese arroyo que baja de la cordillera

subí con dos amigos en busca de un tesoro.

Habida la noche desensillamos,

maneamos los burros y nosotros

a comer y dormir.

Al rato me despierto y escucho

entre ronquido de ellos y canto del arroyo

una música que venía de enfrente,

de una pared del cerro. Era como una chacota

y risas, grande parecía el baile.

Saliendo el sol y yéndonos les conté a mis amigos

lo de la música y se burlaron: ¿Estás insolao?

Pero fuimos a ver y había una cueva,

piedras como asientos y en medio

una cabeza seca de carnero y sus cuernos.

Ya de vuelta en las casas de Angualasto le cuento

a un don Ramón, el más conocedor de esos campos,

el caso de la música y la cueva. Y el hombre

con una voz de secreto me asusta ¡ah! ¡ah!

esa es la salamanca del arroyo Las Puentes;

ustedes se han alojao enfrente justo y suerte

han tenido que las brujas

no se los han llevao paa nunca

ya ustedes aquí.

La salamanca según Echagüe y Draghi Lucero

En el libro ‘Tradiciones, leyendas y cuentos argentinos’ (1944), el escritor sanjuanino Juan Pablo Echagüe se refiere a la salamanca y la sitúa en algún punto de la travesía que separa la Capital de San Juan y departamento Jáchal.

“Cuando paséis ante aquel cerro enorme, cuyos contornos cortan bruscamente el horizonte, os mostrarán una caverna que abre su boca negra sobre el precipicio. La montaña granítica sin falda se alza vertical del suelo semejando la muralla de una fortaleza de cíclopes. Allí mora la salamanca el genio de las serranías y de las pampas áridas”.

 Juan Pablo Echagüe
Juan Pablo Echagüe

Por su parte, el escritor contemporáneo Edmundo Jorge Delgado en su libro Devociones y relatos míticos de San Juan’ también destinó un capítulo a la salamanca.

“Si nos remitimos a nuestro país son numerosos los sitios que la tradición popular los considera salamanca. En la provincia del noroeste donde se apunta que hay mayor número de relatos vinculados a este tipo de antros, incluyendo a Cuyo. En esta región geográfica el destacado Juan Draghi Lucero en su incontable recopilación de cuentos referencia asiduamente el tema”.

Juan Draghi Lucero realizó su propia versión de la salamanca en su cuento ‘El mal guardián’, publicado en su libro ‘Las mil y una noches argentinas’, en 1942.

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“Ya se desataron las risadas y parloteos en las soledades de esos campos. De repente […] entraron, con atropello y libertino escándalo, culebrones negros, haciendo fuerza por pararse y enroscarse unos con otros; machos cabríos, topándose furiosamente con el estruendo de su cornamenta.

Pajarones de toda laya, abriendo tamaños picos en su charla y cruzando aletazos de entendimiento; grandes lagartos verdosos de los llanos y toda la humana iniquidad pecadora que desanda los caminos del mundo […].

Zupay, el gaucho rico

El Malo, el diablo, aparece como un gaucho rico: “Calzaba botas negras, relucientes. Calzones morados y gran tirador laboreado al cinto. Casaca punzó con botones de fantasía y vivos de terciopelo. Chaleco morado, por donde se le desbordaban los flecos de la camisa. Airoso pañuelo de seda al cuello y camisa color de fuego.

Hermoso sombrero de Lima le retenía el cabello, ensortijado y brillante, por entre el que se le adivinaban dos inclinados y cortos cachos. Al caminar le sonaban ¡tan hermosamente! sus espuelas de oro y plata. Un poncho colorado y negro, terciado a lo llanista, remataba al justo su hermosa estampa criolla en la novedad de esos campos soliviantados”.

¿Qué pasaba en la salamanca?

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Quenas, arpas, violín, trutruca, guitarrón, guitarras y cajas despertaron sus preciadas voces […] La tonada de la hermosura en honor del Malo fue cantada por mozos y niñas pecadoras […]; ¨luego se bailó ‘La mariquita’, ‘Los aires’, ‘El escondido’ y otros bailes con la suma de los elegidos primores y fue de verse el caudal de mudanzas novedosas, hasta que el aguardiente y el afán atropellante tornó aquella fiesta en el cenagal de las pasiones”, relata Juan Draghi Lucero.

En el libro publicado en 2010, ‘Lavalle: Tierra de presencias inquietantes. Historia y leyendas de los arenales’ (de Marta Elena Castellino, Silvia Marcela Hurtado y colaboradores), también aparece la salamanca, replicando el relato de Gregorio Manzur en su libro ‘Guanacache, las tierras de la sed’.

“Hay un hombre que quería ver las salamancas, así le llamaban a los bailes con el Diablo. ¿Y qué?, estaba una vuelta y dice, ¡p., si viniera el que le dije, me voy con él! Dice que estaba al lao de un arroyo por la noche, cuando sintió el tropel de un animal. Venía un chino en una mula. Estaba vestido de negro.

Mula enchapada entero el ensillao. Taba conversando y que le dice, ¿quién es usted, amigo? Yo soy el que vos querías ver, ¿no querías ir al baile, vos? Sí, quiero ir, ¿me lleva? Bueno, le dice, subí, te voy a llevar, pero cerrá los ojoh. Y bueno, subió en ancas’e la mula y tomó por el campo. Le cortaba la respiración el aire, muy rápido p’andar el animal.

– Ni respirar podía el hombre, ja, ja, ja…

– Y sí, ja, ja, ja… dice que lo llevaron, no más. Y en la entrada ¿qué había? Dice que había un Cristo tirao por el suelo. Todo el que dentraba tenía que tranquear por sobre el Cristo. Y más allá en la otra dentrada, ya cuando abre el salón, había un matucho.

Los detalles

Luego, tenía que llegar y darle un beso. Y entonces dentraba. Ahí estaban todos. Música de la que buscara, comida de la que fuera. Le dice el que le dije: ¿vas a cenar? No, no tengo hambre. Te voy a hacer traer algo, pero no es obligación que compartas.

Bueno, se sentó en una mesa muy linda, todo muy bien atendido y se puso a mirar. Que le habían traído unas empanaditas doraditas. No las comió y en cuanto se descuidaron se las echó en el bolsillo. ¿Comiste?, le dice. Sí, sí, estaban muy ricas. Comé más, le dice, bueno, muchas gracias.

Agarró cuatro o cinco, y al bolsillo. Ha estao mucho rato, oservando. ¿Qué, tenís ganas de irte? Sí.

Bueno, vamos. Volvieron a buscar la puerta de salida, volvió a buscar la mula, lo volvió a echar en anca, le dice, cerrá otra vez los ojos. Y jué y lo dejó ende lo había sacao. Pero se perdió. Así que durmió por ahi, en el puro campo. Al otro día por la mañana, cuando se dispertó, se levanta el sol, pero, ¿cómo? si estoy al lao de la casa. ¡Pucha!, y no hi desayunao, dice.

Pero, cierto que me eché las empanaditas. Voy a desayunar. Se mete la mano al bolsillo, ahí las tenía. Las saca, usté disculpe, ¿no?, ¡unas bostas’e burro así!, ja, ja, ja, esas eran las empanaditas. Todo era muy lindo, muy bien servido, unas empanadas doraditas, pero vido lo que era. Lo que habían echao los burros. Estaba nuevecito, ja, ja, ja…

– ¡Ah, ja, ja, ja!… – ¿Y qué más había en la salamanca?

– Muchísima gente, dice. Y que había hasta conocido gente de por aquí.

– ¿Conocidos de él?

– Sí.

– ¿Y bailaban, cantaban?

– Pu…, de todo. Que tenía cada uno su saloncito aparte, el que quería una música, otra. Quería cantar…

– ¿Y mujeres?

– También, sí dice que asistían mucho a eso. Eso es lo que nos han sabido contar a nosotros.

– ¿Usted no fue nunca?

– ¡Ah!, ¿yo?, ja, ja, ja…”

Origen de la salamanca

En el mencionado libro de Castellino y Hurtado, reseñan que según el ‘Manual del folklore cuyano’, el origen de la salamanca es ibérico y está relacionado con la famosa cueva de la ciudad española Salamanca, donde -según la creencia popular- los jóvenes alumnos de esa universidad “se doctoraban en picardías”.

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La cueva de Salamanca

“Era creencia popular que de los festines y aquelarres realizados en la cueva, los estudiantes salían dotados de poderes mágicos, capaces de habilitarlos para alcanzar cuanto querían”.

Esta leyenda pasó a América y pronto encontró sitios propicios para arraigarse. Y no sólo una caverna es capaz de albergar un aquelarre; también el desierto, en su desolación, resulta propicio para cobijar espantos.

En tal sentido, este es el relato de los moradores del norte de Lavalle:

“[…] ayer no más, escuchábamos en San José de los Sauces, El Cavadito y La Asunción […] a viejos puesteros que hablaban casi en murmullo, de las ‘fiestas de la Salamanca’, que preside el diablo”,

A ellas, según el temeroso testimonio de los lugareños, concurren cantores, guitarreros y “buenas mozas para el amor y muchos asistentes que parecen no humanos”.

“Y cuando ellas […] están ahí en esas reuniones, no están como una persona sino como la forma de un animal. Entonces por eso la gente cuenta que cuando encuentran un animal raro en el día puede ser una salamanca.

Porque dicen que cuando llega el día ya ellas no pueden volar. Porque son brujas y no pueden volar y se quedan como es el animal. Entonces ésas son las salamancas, las fiestas de ellas”.

La salamanca norteña

En el libro ‘Folclore de los valles calchaquíes’, publicado en 1961, se incluye el relato ‘La salamanca’ de Pedro M. Oviedo, que dice:

“La salamanca se la ubica en rincones de las montañas, en sombrías espeluncas y grutas naturales que dan acceso al recinto infernal sobre el cual, y los ritos que allí se realizan, voy a referir lo que oí contar desde la niñez.

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La estrechez de la entrada a la salamanca lo menos que indica es la suntuosidad de un magnífico palacio de amplias arquerías y altas bóvedas. Sus muros están decorados con figuras de serpientes de multiformes y horripilantes cabezas, combates de gigantescos dragones, cóndores con las alas abiertas, picos y garras ensangrentadas, escenas de nigromancia y de orgías dignas solamente de Sodoma y Pompeya.

Una o más veces en la semana, siempre los sábados, al caer la noche o interrumpiendo su conticinio, se oyen en las cercanías de la salamanca melodiosas músicas de misteriosos instrumentos y canciones que extasían como la lira de Orfeo.

Cautivados por tales sones, hombres y mujeres sin temor de Dios se asoman a la mansión nefanda de donde sale una voz atrayente que les dice: ‘entrad sin temor si sois de aquellos que buscan las dichas que no han logrado en la tierra’.

Sigamos el itinerario de un neófito que ha pasado los umbrales de la salamanca. Casi repentinamente se encuentra en un espacioso salón comunicado por galerías y doradas puertas con otras dependencias del palacio tan espléndido cuál no lo tienen los más poderosos reyes de la tierra.

El pacto

Apenas ha entrado, el aspirante en forma repentina, como en el drama de Fausto, aparece Zupay, rey del averno, sentado en un trono regio que han levantado manos invisibles. En tono insinuante le dice:

-¿Qué quieres, mortal, aprender ya que has alcanzado el privilegio de entrar en la salamanca?

La respuesta del aspirante, su íntimo querer, lo ha resumido Rafael Obligado en estos versos:

-El amor de las mujeres,

el caballo que yo envidio,

echar suerte con la taba,

a la mula más bellaca

montarla de un solo brinco,

buen ojo para el cuchillo

y darte el alma por todo.

-¿Te conviene?

-Convenido.

Más desafíos

No consigna el poeta una de las más valiosas que suele su majestad infernal conceder, la de poder transformarse en uturuncu (hombre-puma) para cebarse en las majadas de sus enemigos, para burlar a sus perseguidores sin dejar rastros que puedan delatarlo.

uturunco

Más antes deben proceder las terribles pruebas. Formalizado el convenio comienza el neófito por quitarse toda su indumentaria hasta quedar completamente desnudo.

En un ángulo del salón hay un santo Cristo en posición invertida. Hay que renunciar a su fe para siempre y profanar a la sagrada imagen de judaicas e incontables maneras.

Cómo brotados del suelo aparecen horripilantes animales que Zupay emplea para aquilatar la fortaleza del aspirante. Una serpiente cerdosa y de chasqueantes cascabeles se enrosca en todo el cuerpo, alargándose si necesario fuera le acaricia con su maligna lengua mientras los cascabeles castañean, le besa los ojos y la boca al impío que ha renunciado a su fe apenas ha entrado en la salamanca.

Al ofidio que ha desaparecido le sigue una apasanca peluda (araña pollito) de tamaño descomunal, largas patas y chispeantes ojos. No debe picarle, su misión es pasearse por todo el cuerpo del aprobando, sube pausadamente por las partes vedadas a la cara que roza con sus ásperos pelos, cambia de tamaño y se hace que anidar en el pabellón de los oídos y debajo de los brazos.

Quedan reservados a la ciencia de Zupay otros medios que emplea con ciertos neófitos como es el domar sin rienda ni freno una mula ferocísima que echa fuego por ojos y narices. Apenas la pueden contener cuatro fornidos jinetes hasta que la suba el domador.

El paso final

La prueba final de la que no se exime a ningún aspirante y es la más formidable, es el ‘paso de la muerte’. Es una larguísima cuchilla tendida filo arriba sobre el abismo que separa la sala del rey infernal de la sala del aquelarre, donde se oye la algazara de un festín a lo Baltazar.

A derecha e izquierda de la cuchilla se extienden profundidades tenebrosas y sin fin. De su lejano fondo suben ayes desgarradores, voces de conjuro y maldiciones sin esperanza. Revolotean en el negro espacio búhos, lechuzas y murciélagos de enormes ojos que arrojan una luz funeraria.

De vez en cuando, luces fatuas serpentean rasgando fatídicamente las tinieblas. Y por el filo impalpable de la cuchilla debe pasar imperturbable cual si fuera por tierra firme.

Puede aquí decirse bien: así paga el diablo a quién bien le sirve… si ha salvado la distancia como premio anticipado se le concede que entre en la sala de las brujas, las cuales para recibir dignamente al triunfador se transforman en hombres y mujeres hermosos y en plena juventud. Preludian arpas y variados instrumentos y comienzan orgía cual no las soñó Mahoma para su paraíso.

Todo lo preside la gran bestia de los pecados capitales. Las músicas orgiásticas se oyen hasta afuera de la salamanca, son las que atraen a incautos y curiosos, a los ávidos de desconocidos placeres.

Verificadas todas las condiciones al pie de la letra, se concede al iniciado todas las artes y destrezas que ha pedido a Zupay en cambio de su alma.

Pacto de silencio

Todo bajo juramento de no revelar jamás a ningún precio los secretos que conoció, las maravillas que sus deslumbrados ojos contemplaron, los placeres con los que hartó su corazón, so pena de perder en un instante toda la “sabiduría” adquirida, y mucho menos alcanzar el rescate de su alma vendida.

A las mujeres que soportaron impertérrita todas las pruebas, se les concede la ciencia de hacer daño o maleficiar, con lo cual alcanzan victorias amorosas, venganzas inauditas, ruinas y quebrantos en la salud del hechizado, como la parálisis, la locura, y otros males no menores.

brujas

Para ejecutar un “daño” usan las brujas un muñeco de cera o de trapo y un pincho de acero o de espinas de cardón, que clavan en el muñeco sobre el miembro que quieren arruinar. Clavado sobre el corazón es caso fatal. Contra los maleficios sólo puede conseguirse remedio acudiendo oportunamente a una “médica graduada” en la salamanca, en la ciencia oculta de curar.

Acontece que algunas personas sucumben ante las tremendas pruebas de Zupay. Salen de la salamanca atacadas de extraña locura y perdimiento de la memoria, no pudiendo atinar el camino que puede restituir los a sus casas donde su familia acaso los lloran por muertos o perdidos.

En Pomán (Catamarca) murió hace pocos años un pobre demente, las malas lenguas decían que así salió de la salamanca en castigo de no haber soportado la enormidad de las pruebas”.

“Si algún viajero debe pasar cerca de una salamanca pero no desea tener contacto alguno con el diablo deberá llevar rosarios y medallas de santos para protegerse”, Bossi.

La salamanca y otras artes

La relación del hombre con el diablo es antiquísima. No es posible reseñar la cantidad de obras que lo reflejan a lo largo de la historia, vale nombrar por ejemplo El aquelarre pintado en 1798 por Francisco de Goya o el Gran Cabrón del año 1819.

Los investigadores de Goya aseguran que el pintor inició esa serie influenciado por su amigo el escritor Moratín, que rescató del olvido el escrito del Auto de Fe del Juicio contra las brujas de Zugarramurdi de 1610.

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Aquelarre, de Goya.

También abundan las películas y series de brujas y sus aquelarres, pero en 1975, en la película ‘Nazareno Cruz y el lobo’ el cineasta argentino Leonardo Fabio instaló en el saber colectivo la imagen del diablo y la salamanca, tal como se la describe en esta crónica.

La música argentina no se quedó atrás. La Salamanca es una zamba argentina del año 1959, uno de los primeros éxitos de Los Fronterizos, escrita por Arturo Dávalos.

Jorge Cafrune cantaba

‘Ya pobre y casi desnudo
Y sin tener qué comer
Llegué hasta la Salamanca
Pa’ verme con Lucifer’.

Si andás por el campo y ves luces de fuego, risas y música, bajá la cabeza y seguí caminando, el Mandinga sabe cómo llamar tu atención y si lo logra, estarás perdido para siempre.

Acerca de Destino San Juan

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