Noche de Brujas: tres historias de terror que ocurrieron en San Juan

oratorio

Tres historias de terror que ocurrieron en San Juan y que nunca te contaron antes son las que ahora relatamos en el día más temido del año, cuando el sol se esconde comienza la noche de Brujas o Halloween, 31 de octubre.

Y antes de que algunos lectores digan: “es una fecha yanqui que nada tiene que ver con nuestra cultura”, queremos recordarles que en este día se recuerda la «víspera de Todos los Santos» o la «Noche de los Muertos», antesala de la fiesta cristiana occidental del Día de Todos los Santos.

Aunque algunos sostienen que su origen es celta, fecha nacida en los antiguos festivales de cosecha celtas, particularmente el festival gaélico Samhain, con raíces paganas.

Otros sostienen que puede ser el resultado del sincretismo causado por la cristianización del Día de Todos los Santos, junto con su víspera, por la Iglesia primitiva.

También están los que creen que Halloween comenzó únicamente como una fiesta cristiana.

Muchas son las historias de aparecidos que circulan en San Juan y muchas de ellas han sido publicadas en distintos medios, pero estas tres que se relatan son inéditas, nunca se habían contado, hasta ahora.

Calle Alfonso XIII, en la zona donde escucharon llorar a un niño.

El niño que llora

Hacia el Sur, cuando la calle Alfonso XIII deja atrás el pavimento y otros vestigios de urbanización, la calle se va despoblando hasta que las últimas casas aparecen en los costados del callejón que divide Pocito de Rawson.

Las últimas cinco son de la familia Barboza, gente de trabajo dedicada al ganado y labores rurales.

Tratando de llegar a la historia de Emilia García, la mujer que se baja del taxi y desaparece en esa misma calle, Pedro “Perico” Barboza relató otras historias que le tocó vivir en carne propia.

Una noche, cuando realizaba las últimas actividades antes de ir a dormir, sintió el llanto de un niño, muy claro, muy fuerte, pero el niño no se veía.

“El llanto se iba hacia el campo (frente a las casas de los Barboza todo es campo hasta llegar al cerrillo de igual nombre), decidí seguir el sonido para dar con el niño, tal vez estaba perdido, tal vez necesitaba ayuda”, relató a Destino San Juan.

Entre pajonales, jarillas, y retamas bien crecidas, se abría paso Barboza siguiendo el sonido desgarrador del niño. Caminó y caminó por varios minutos, perdió la noción del tiempo. Al llegar a un canal, el llanto cesó. Nunca pudo ver a ningún niño.

-¿Miedo? No! el miedo es de los débiles., dijo Barboza.

No se conoce en la zona alguna historia reciente relacionada a una tragedia que pudiera terminar con la vida de un niño. Pero al parecer el alma de algún niño no descansa en paz.

Perico Barboza

El degollado

Un oratorio abandonado, con palos rotos y santos descabezados, es la triste evidencia de esta historia. Los vecinos tuvieron que construir ese oratorio para poner velas y rezarle ya que se lo solía ver en el callejón después de su violenta muerte.

Nadie recuerda su nombre porque murió mucho antes que nacieran los que ahora viven en la zona, pero conocen bien la historia.

Este hombre vivía solo en su rancho y trabajaba ahí cuando en esas fincas había plantaciones de tomate.

Según el relato de los vecinos de la misma calle Alfonso XIII (y en la la misma zona donde llora el niño), un día, cuando este hombre realizaba el tendido del alambrado en ese campo, se cruzó un rollo de alambre en el torso, entre el cuello y el brazo izquierdo, y se subió al tractor.

El viejo tractor enganchó algún alambre suelto y fue suficiente para que el tirón lo decapitara. Encontraron su cuerpo tendido en el callejón, su cabeza, a varios metros de distancia.

Para que su alma descanse le hicieron este oratorio, ahora, abandonado.

El oratorio del Degollado.

Don Rubiño, el propietario

Esta historia le ocurrió a un joven matrimonio que se mudó a su primer hogar, una casa en Santa Lucía, sobre avenida Libertador, pasando Colón.

Hace más de 30 años ocurrió esta historia.

Los recién casados arreglaron la vieja casona y se instalaron. Una noche de invierno, el matrimonio estaba cenando en la cocina y habían dejado el televisor prendido en la habitación. Fue entonces cuando la pared de la cocina crujió fuerte y se agrietó desde el piso hasta el techo.

“Nos miramos y ninguno sabía que decir. Le dije a mi esposa ‘debe ser el frío, acá esta calentito y afuera no’. Terminamos de comer y nos fuimos a dormir”, relató el protagonista, que pidió reserva de nombre.

Al otro día se levantaron, era sábado y ninguno de los dos trabajaba, y lo primero que hicieron fue ir a la cocina a ver la grieta para tratar de arreglarla. Grande fue la sorpresa cuando se encontraron con la pared intacta. No había ninguna grieta.

Otro día, de madrugada y en verano, tocaron la ventana del dormitorio del matrimonio que daba a la calle. El hombre miró por la ventana y vio a un señor de estatura baja, saco, pañuelo al cuello, “como se usaba antes”, y sombrero.

Se puso pantalón y ojotas para salir rápidamente a la puerta, pero no había nadie. Nadie en la entrada, ni en la ventana, ni en ningún costado de la casa que fue revisada por el inquilino.

A la semana fue a comprar al negocio de un vecino y le relató lo del hombre que se había esfumado casi en su cara. El comerciante le dijo que, por la descripción, ese hombre que le había golpeado la ventana era don Rubiño.

– Don Rubiño construyó esa casa, dijo el almacenero.

– ¿Y qué querrá?

– No mi’hijo Don Rubiño hace como 30 años que ha fallecido.

La zona de la casa Rubiño, Imagen Google.