Sarmiento

Sarmiento, apodos, epítetos y otras yerbas

Lo que nunca se podrá decir de Domingo F. Sarmiento es que hubiera podido pasar desapercibido en su época, cuando dominaba la escena política y social de Buenos Aires, antes y después de ser presidente de la República (1868 a 1874).

No solo descollaba por su inteligencia, sino, sobre todo, por su carácter y su particular forma de ser, esa que lo hizo blanco de apodos de todo tipo, sobre todo en las filas enemigas.

El 11 de septiembre, día del fallecimiento de Sarmiento ocurrido en 1888, se celebra el Día del Maestro en honor al “Maestro de América”. Pero, ¿cuándo fue la primera vez que se lo llamó así?

En 1943, durante la Primera Conferencia Interamericana de Educación que se llevó a cabo en Panamá, como homenaje a la figura de Domingo Faustino Sarmiento se estableció como el Día Panamericano del Maestro al 11 de setiembre, en conmemoración al fallecimiento del prócer y al cumplirse 100 años de la publicación de su libro “Mi defensa”.

“El Loco Sarmiento” lo llamó Urquiza. “Mi título de loco me lo dio Urquiza, que ha sido bastante cuerdo para sacar veinte millones de su vida pública” escribió Sarmiento en una carta a su amiga María Man, desde Nueva York en 1867.

Vicente Cutolo (junto a varios colaboradores), publicó el libro “Apodos y denominativos en la historia argentina”, donde reseña varios epítetos impuestos al prócer sanjuanino, por ejemplo:

– “Al Ben Racín”, apodo dado en El Mosquito (periódico dominical argentino de características satírico-burlescas), a raíz del apellido materno Albarracín, de origen árabe.

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– “Animalis Homo”, fue empleado por Pedro Goyena en La Unión, donde decía: “Sarmiento, asalariado por Chile y sosteniendo que las tierras australes de la República Argentina pertenecían al que arrojaban la moneda a su rostro de escritor venal: Sarmiento animalis homo, estás ebrio de vanidad, de mentiras y de calumnias”.

– “Borrachón de Sarmiento”, publicado en el diario La Nación. Ante la furia de Sarmiento el ocurrente Casimiro Pietro Valdés explicó que se trataba de un error de imprenta, sin corregir, y que el original decía “Bonachón de Sarmiento”.

– “Carrier”, el general Paunero, en carta a Mitre: “Ha sido preciso variar las instrucciones que primero le di a Sarmiento porque tiene el furor de hacer figura militar, ante todo, y después sus puntos de déspota jacobino, que si se le deja con la rienda suelta es capaz de convertirse en un Carrier de las provincias que caigan sobre su férula” (Juan Bautista Carrier fue uno de los jacobinos más sanguinarios de la Revolución Francesa).

– “Duque de Carapachay”, apodo que le dieron en el diario El Mosquito por la tarea de Sarmiento en esa zona de Tigre, el primero en apreciar las bondades y posibilidades de las islas.

– “Gaucho de las Letras”, segúnMenéndez y Pelayo.

– “Montonero intelectual”, al decir de Lastarrea.

– “El más atrevido de los baqueanos intelectuales”, en la pluma de Paul Groussac.

– “Don Yo”, fue también Groussac quien retrató a Sarmiento como “Don Yo desbordante, familiar, desbrochado, francote, ex abruptal, henchido de legítimo orgullo, y también de grotesca vanidad”.

– “General Bum”, así lo resumió el dibujante Carlos Monnet en el semanario La Presidencia.

Desde la admiración

Hasta acá parece que Sarmiento carecía de amigos y de simpatizantes. No es así, también tuvo apodos de admiración.

Entre los que más lo ensalzaron se encuentra Leopoldo Lugones, quien en su libro “Historia de Sarmiento”, editado en 1911, lo elogia en cada desempeño, como educador, como legislador, como escritor, como militar, y como innovador.

– “El estadista”, a decir de Lugones, “ha gobernado en grande, conforme más que a la realidad de la nación incipiente al ideal de un poderoso país. Ha enseñado a su pueblo la audacia del progreso y el coraje de la vida, ha planteado en el territorio de las viejas Provincias Unidas del Río de la Plata, los Estados Unidos del Sud, y si no ha contado el dinero para tan enorme empresa, el último centavo de las arcas públicas puede cantar con timbre de metal lícito la limpieza de su honradez”.

El libro escrito por Bunkley en EEUU.

– “Sarmiento el reformador”. Bajo el título “Sarmiento en paralelo”, la norteamericana Allison William Bunkley dio una conferencia en el local de la Sociedad Científica Argentina, el 4 de julio de 1947. Fue también autora de una biografía de Sarmiento, dedicando varios años de su vida al estudio del sanjuanino.

“Sarmiento el reformador, este es el Sarmiento que quiero presentar al público lector de mi país. Este es el Sarmiento símbolo de su país y de la historia argentina nacido cuando surgió la patria, formado intelectualmente por ideas europeas y norteamericanas como era formado el intelecto de la joven Argentina; adaptando de lo que aprendió al ambiente y a los problemas que enfrentó, haciendo faltas, muchas faltas, porque siempre estaba aprendiendo.

Este es el Sarmiento que expresó la ‘solución del titán’, como tantos jóvenes románticos en todo su mundo contemporáneo, pero lo expresó de una manera propiamente argentina, escribiendo el primer libro universalmente importante de la literatura nacional, construyendo muchas de las bases de su arte nacional.

Este es el Sarmiento que expresaba ‘la solución de la reforma’ como muchos jóvenes liberales de su mundo contemporáneo, pero durante su vida adaptaba esa reforma a las necesidades y condiciones de su nación, dejando las abstracciones tomadas del extranjero, aprendiendo de otras naciones, pero creando una filosofía política propia de su patria. Este es el Sarmiento sin paralelo”.

Mientras que Jorge Luis Borges, lo denostaba y elogiaba al mismo tiempo: “No hay una de sus frases, examinada, que no sea corregible; cualquier hombre de letras puede señalar sus errores; las observaciones son lógicas, el texto original acaso no lo es; sin embargo, ese incriminado texto es eficacísimo, aunque no sepamos por qué. […] La virtud de la literatura de Sarmiento queda demostrada por su eficacia”.

Para el cierre, nada mejor que Sarmiento por Sarmiento: “Todos los días irrito susceptibilidades y crío deseos de encontrar en mi conducta acciones que me denigren. Debiera ser más prudente, pero en punto de prudencia me sucede lo que a los grandes pecadores, que dejan para la hora de la muerte la enmienda. Cuando tenga cuarenta años, seré prudente; por ahora seré como soy y nada más.”

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